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Full text of "Pedro Figari 1903 La Pena De Muerte"

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La Pena, de Muerte 



Conferencia leída en el Ate- 
neo de Montevideo por el doc 
tor PEDRO FIOARI, el día 
4 de Diciembre de 1903. 




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I<a Pena de Muerte 

Conferencia leída en el Ate- 
neo de Montevideo por el doc- 
tor PUDRO PIGARI, el día 
4 de Diciembre de 1903. 



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MONTEVIDEO 

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OaIío 1m de Julio adinero £J 

1903 




Señoras: 



Señores: 



Una correspondencia de Lombroso, del genial psiquia- 
tra italiano, nos daba cuenta no ha mucho, de lo difícil 
que os extirpar los convencionalismos inveterados, las 
ideas tradicionales, las convicciones y conceptos corrien- 
tes, las sentencias que aparecen axiomáticas al entendi- 
miento, aún cuando no hayan sirio sometidas á previo 
examen, y asimismo las imágenes, las impresiones sim- 
ples una vez que se han cristalizado en el cerebro. 

Las resistencias que so ofrecen á toda innovación — que 
pueden llamarse de inercia mental — son punto menos 
que invencibles. Nada más exacto, ni más evidente. 

Tal vez, los autoritarios que pudieran suponerse los 
elementos menos evolucionados, á juzgar por la mayor 
resistencia q ue ofrecen al empuje de las nuevas ideas, tal 
voz ellos tienen más endurecidas ciertas circunvoluciones 
del cerebro, que rechazan — empedernidas — todo avance 
inicial. Pero todos, todos tenemos un lastre de conserva- 
dores tal, que asombra. Si volvemos sobre nosotros mis- 
mos, desdoblándonos para practicar una auto-observación, 
un Hondajo de reconocimiento, descubrimos, desde luego, 
un gran fondo do tenacidad, de empecinamiento, de ter- 
quedad en las ideas que hemos almacenado, transmitidas 
unas por la acción de la familia, otras por la escuela, 
otras por lecturas — las menos por observación propia. 
Acordamos un crédito ¡limitado á nuestras fórmulas ¿re- 
constituidas, y, á veces, si penetramos más al centro, en 
nuestro examen, hallamos además alguna superstición in- 
fantil, en plena entraña, á la cual tributamos también los 
honores de una fe ciega. Estas adherencias incorporadas á 
nuestro cerebro, en las que la conciencia apenas toma in- 
tervención, se hallan defendidas á la vez que por su pro- 
pia dureza, por el hábito, por displicencia ingénita, por la 




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vanidad, por el amor propio, que son sus celosos alabar- 
deros. 

No es de extrañar, pues, que hallen tanto obstáculo 
que vencer, las que intentan sustituir aquellas cristaliza- 
ciones de cada masa encefálica, aún cuando ofrezcan en 
cambio otros cristales más diáfanos y de mejor calidad; 
ni es de extrañar tampoco, que no se haya podido reac- 
cionar aún, plenamente, á pesar de los esfuerzos hechos, 
desde Beccaria á la fecha, respecto de la pena capital, 
que un gran pensador calificó de «sacrificio salvaje, que 
no expía nada». 

Cuando meditamos sobre los detalles de una escena de 
fusilamiento, y tratamos de encuadrarla dentro de la ín- 
dole humanitaria de la estructura actual de la sociedad, 
hallamos anomalías y antagonismos insalvables; y uno 
se abisma al ver cómo ha podido subsistir, por tanto tiem- 
po, semejante residuo medioeval. El asombro llega á la 
estupefacción. 

Pensad un instante sobre el lujo de violencia que im- 
plica ese acto de supuesta justicia. La sociedad entera, 
con todo su boato de sentimentalismo, de protección á* la 
vida humana, de caridad, de asistencia, esa misma socie- 
dad con intrincadas instituciones, con formidables recur- 
sos, se traba en lucha — ¡qué lucha! — delibera pausada- 
mente, y decide en frío, dar muerte á un miserable, — ca- 
si siempre un desheredado — que está recluido, indefenso, 
dominado por completo, sumido en el más hondo abati- 
miento moral, ó sobrexcitado por los aprestos del supli- 
cio, y siempre, siempre reducido á la más absoluta impo- 
tencia. 

¿Por qué fase puede considerarse útil ó dignificante es- 
te acto de prepotencia? ¿Quién no se siente sublevado por 
esa crueldad — innecesaria, desde que el hombre está re- 
cluido — crueldad que troca, por sí sola, en pura mojigate- 
ría todo el humanitarismo que exhibe y ostenta ufana la 
sociedad? Y uno se interroga íntimamente: ¿No será ésta 
la válvula de escape que abrimos á nuestros instintos atá- 
vicos? ¿No será el apéndice simiesco, que acusa nuestro 
origen pedestre, en medio de los esplendores de una gaz- 
moña civilización? 

Yo no encuentro manera de enorgullecerme, con la cul- 
tura alcanzada, en tanto permanezca de pie — sobre fondo 
rojo— el patíbulo implacable, funcionando á nombre de 
la más alta entidad social, como cualquiera otra institu- 
ción. Como hombre, como miembro de la sociedad, me de- 
claro humillado. 




— 7 — 



Y, á pesar de todo, contra todas las tenacidades del 
prejuicio, la luz se hace paso, si bien con desesperante 
lentitud; como quiera que sea, se avanza palmo á palmo, 
y si los reductos intelectuales no han podido ganarse por 
completo, los del corazón están vencidos. 

El sentimiento general de la sociedad, ya es abolicio- 
nista. Podemos afirmarlo, sin ser paradojales. Los resor- 
tes emotivos evolucionan menos pausadamente que los 
del intelecto. Este, no se ha emancipado aún por comple- 
to de las sugctividades de la vieja, de la rancia fórmula: 
♦cuanto más cruel es una pena, mayor es su eficacia*. Si 
acaso este prejuicio no está tan reciamente estampado en 
el cerebro, conserva de él algunas huellas. El sentimiento 
público, va mucho más allá. Los días que proceden á 
una ejecución son de malestar social; el día en que se ve- 
rifica el fusilamiento es de aflicción y no desaparecen tan 
pronto las molestias, las desazones que promueve ese in- 
noble espectáculo. 

Nos sentimos oprimidos, disgustados, inquietos á la vez 
que el reo entra en capilla. La mente no puede apartar 
esa preocupación fatídica. Todos nos sentimos solidarios 
de semejante atavismo y nos hallamos aturdidos por bu 
resaltante incongruencia, sorprendidos por ese suceso, que 
parece cada vez más novedoso, con ser muchas veces se- 
cular. Nos pasma pensar que aquello que produce tales 
emociones, sea un acto emanado de la ley; y para orien- 
tarnos decimos: «es doloroso , mas necesario ». 

Si observáramos detenidamente lo que pasa en nuestro 
ánimo en tales casos, veríamos que la resSultaatede las ideas 
y de la? emociones os la desorientación, algo así como la 
angustia dol mareo, del vértigo. Todos anhelamos una 
conmutación para eludir ese mal trance. 

No nos referimos, naturalmente, á ios insensibles mo- 
rales, que no alcanzan á comprender la magnitud de ese 
acto social. Ellos permanecen serenos, indiferentes, pro- 
curando en la vista do la escena ó en las crónicas, algún 
cosquilleo do emoción, imposible para la rudeza de sus 
almas toscas. Ellos hasta encuentran á veces disposición 
de ánimo para hacer chascarrillos soeces. Pero ni ellos, 
ni nosotros, nadie, nadie so siente fortalecido y digni- 
ficado por la solemnidad do una ejecución. Nadie se 
descubre con respeto, para exclamar: ¡paso á la Justicial 

No, los unos cariacontecidos por esta repentina resu- 
rrección del más lejano 8traso, y los otros, en medio de 
su impavidez moral, plena, buscan algún detalle do sa- 
bor silvestre, digno de sus prominentes mandíbulas y se 




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echan á indagar, cómo se presentó el reo en la capilla, 
cómo ante el banquillo y cómo recibió el fuego del pique- 
te militar. Estos, cuando no han podido concurrir á la 
fiesta — como van á una riña de gallos ó al juego de los 
sortijas — se desviven por conocer los episodios culminan- 
tes de la tragedia y también les interesa, especialmente, 
saber si hubo ó no necesidad de aplicar el «tiro de gracia», 
ese epílogo al que, con todo sarcasmo, se le ha puesto un 
nombre tan inapropiado. 

Esa «gracia» actúa con el mismo piadoso fin con que 
«iertos paisanos se comiden para «despenar». ¡Hay piedad 
y hay de todo, en esa singular institución! 

Para las gentes que debieran aleccionarse con el patí- 
bulo, si el patíbulo pudiera enseñar algo útil, para ellas 
es ésta una escena de corte teatral, malsana. Acuden, con 
fruición, á presenciar el suplicio, por completo ajenos al 
fin de la pena; para los que no necesitan de esta escuela, 
es sencillamente una dolorosa pesadilla. 

En París, á las ejecuciones de la plaza de la Roquette, 
acudían de todos los extremos de la ciudad y se instala- 
ban, desde temprano, para verlo todo. Había mujeres que 
pagaban alto un buen sitio. 

Con los preparativos de la instalación de la guillotina 
que practicaba el verdugo con sus ayudantes, en la os- 
cura plaza, á la lóbrega luz de dos faroles de mano — ta- 
rea que por sí sola tiene algo ya de siniestro, de fantás- 
tico, de macabro — se les azuzaba aún más la curiosidad. 
Una vez armado el aparato, sobre las cinco piedras 
fijas, que le servían de cimiento — lo que dió margen al 
calembour de la place á cinq-pierres — se quedaban á la 
espera, comiendo, bebiendo y chanceando, hasta que al 
rayar el alba, se les daba el cuasi-neroniano placer de 
presenciar la sangrienta tortura. 

Y no nos referimos á la fecha en que la multitud ee 
impacientaba por un retardo ó se amotinaba por la sus- 
pensión del espectáculo; ni á las repugnantes escenas en 
que luchaba el verdugo con el reo y á golpes y punta- 
piés lo ultimaba, que también entonces, y más entonces 
que ahora, se reputaba necesaria y provechosa esa pena, 
según la opinión de los juristas. No nos referimos tam- 
poco á la época en que se aproximaban á pedir sangre 
del ajusticiado, para bebería como remedio maravilloso j 
cuando los verdugos vendían la grasa de los ajusticiados. 

Mucho más recientes son los bochornos presenciados e* 
pleno París. Cuando la ejecución de Troppman, en la 




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que á pesar del mal tiempo se juntaron más de 30,000 
almas para presenciar el guillotinamiento, hubieron inci- 
dentes deplorables. Algunos circunstantes enjugaron 
en sus pañuelos la sangre que había salpicado el cadalso. 
Un curioso cayó desde un árbol y quedó muerto; hubo 
muchos heridos y contusos, y lo que es peor aun, dada 
la sobrexcitación del espíritu público, se generaron mu- 
chos casos de locura y de manías, como ocurrió en mu- 
chos otros casos análogos, según se ha comprobado. 

Cuando Pranzini, las turbas cantaban coplas hechas 
ad-hoc, con el más repelente descaro. La prensa dio 
cuenta de toda clase de ludibrios á que se entregó el po- 
pulacho. 

El penalista que asistiera á estas reuniones, en que 
reina tan insano ambiente, se habría dado cuenta exacta 
de la moralidad ejemplar de este suplicio. Cuando la eje- 
cución del doctor La Pommeraye, hubo retinados que ce- 
naron en la plaza en plcin air , sin que les faltara cham- 
pagne! . . 

Y hay muchos convencidos aún de la ejomplaridad de 
la pena do muerte; hay quienes creen fácil regenerar á la 
humanidad por medio de frecuentes ejecuciones, y hay 
quienes consideran esto bárbaro y barbarizador suplicio, 
como una panacea bendita para reducir el crimen. 

Con la hábil y aguda ironía de Alfonso Karr: GV 
micnccn los señores asesinos por suprimir la pena de muer- 
te, con esta frase, es increíble cuánto se han tonificado 
los ya fatigados panegiristas de la pena capital. Una 
frase impresionante puede á veces más que un tomo de 
demostraciones, porque nadie se toma la tarea de exami- 
narla á fondo. Es un precioso comodín do que echa ma- 
no el prejuicio, para perseverar en su rutina. 

Y, todavía no se ha averiguado, sin embargo, si lo» 
grandes crímenes han comenzado de abajo ó de arriba; si 
comenzaron los señores asesinos ó los señores tiranos, con 
sus patíbulos . . . 

La sociedad es siempre solidaria — hasta cierto punto — 
de lo que ocurro á sus asociados; del mismo modo que 
los asociados son responsables— hasta cierto punto — de 
lo que ocurre en la comunidad. No hay una verdadera 
solución de continuidad entre el todo social y la parte: 
el individuo. Las causas de la ignorancia y de la mise- 
ria, que tanto actúan en el crimen, no le son del todo ex- 
trañas á la sociedad misma, que tan arrogante se yergue 
después para condenar al delincuente. En las filas de la 




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ignoraucia crasa, supina, de la nesciencia más estúpida, 
es no obstante, donde son reclutados los grandes crimi- 
nales. Muchos de ellos no han oído jamás una palabra 
estimulante, una noción moral, ni un consejo, fuera del 
que le transmite al oído el capellán en los tristísimos ins- 
tantes en que van á ser ajusticiados. 

Cierto que el impulso inicial — considerado del punto 
de vista exterior — lo da el asesino; pero casi siempre éste 
se haila estimulado por la acción del medio. En nuestra 
misma penitenciaría, he podido convencerme de que hay 
muchos que han delinquido por carecer enteramente de 
sentido moral, hallándose privados de este bien no por 
causas psíquicas sino por causas sociológicas, p )r no ha- 
ber tenido oportunidad de formárselo. Entre muchos otros 
casos, que podría citar, el siguiente es típico: 

Recibí una esquela por la que un encausado me invi- 
taba á conferenciar. Me decía que extrañaba mucho sus 
«pagos», y era tal el tono de su carta, que pensé en la po- 
sibilidad de que el infeliz se hallara en la cárcel por equi- 
vocación. 

Acudí en seguida al llamado y lo hice traer á mi pre- 
sencia. Su aspecto era simpático. Era un joven de ojos 
azule3, hermosos ojazos, de cara abierta y franca. 

— ¿Porqué está preso?, le pregunté. 

— Maté un turco, me respondió. 

Había tai espontaneidad en su contestación, tal inge- 
nuidad, y tai era su aspecto, que parecía esperar de in- 
mediato su libertad. 

Al fin, ¡no se trataba más que de un turco!. . . 

Me narró los detalles del suceso con toda llaneza, con 
la llaneza del inconsciente moral. 

Había querido comprar un reloj, y como él no tenía 
más que nueve pesos y el bohemio quería once, lo esperó 
en un pajonal, por donde debía pasar, le pidió que le 
mostrara nuevamente el reloj, y al agachar la cabeza el 
pobre hombre, para sacarla correa que sujetaba la caja, lo 
madrugó. 

— ¿Estaba usted solo? ¿Hubo testigos?. . . 

— Sí, señor, un perro. 

Bien pues; establecer que de estos «señores» asesinos 
depende la reforma penal, como lo pretende Karr, e9 ab- 
surdo. 

Se presupone una comparación descabellada. Parece 
que se hubiera trabado un duelo entre la sociedad y el ase- 
sino, que es su más infame residuo. Esto es insensato. 

En materia de asesinatos, nos parece que es más juicio- 




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so comenzar por suprimir los do la ley, los de la justicia; 
y los demás, que sigan su ejemplo. 

¿No es absurdo que la sociedad imite lo que condena 
tan duramente, corno la peor acción? 

La evolución de la penalidad ha ido siempre dulcifi- 
cando los castigos. La ley que rige este proceso, puede 
decirse que es inmutable. ¡Cuántas razones habrá para 
poder imponerse á las terquedades del prejuicio! 

Las torturas que se infligían antiguamente, han des- 
aparecido una tras otra, y hoy se miran con horror. Así 
como la inteligencia humana, antes, se puso á contribu- 
ción para inventar los dolores más acerbos, los sufri- 
mientos más atroces — con arte refinadamente diabólico — 
ahora se ha puesto, por entero, al servicio de la humani- 
zación de la pena. En las cárceles, no se infiere más daño 
ai recluso que el de la privación de su libertad. 

A Guillotín y á Louis se les ha considerado, con toda 
razón, filántropos, por haber inventado un instrumento 
que abreviaba la ejecución de la pena capital; y este mis- 
mo instrumento, que antes se hallaba allá en alto 
en la plaza, á la plena luz del sol, fijo, como una ins- 
titución permanente, y que funcionaba casi á diario, ha 
ido reduciendo su altura, poco á poco, grada por gra- 
da, como si quisiera esconderse ó sepultarse; y á la vez, 
se ha trocado en un mecanismo do desarme, que se erige 
á altas horas de la noche, y después que funciona al al- 
borear, entro dos luces, desaparece como si temiera osten- 
tarse á la faz del día. 

Hace ya tiempo, que dicen los franceses: La guilloti- 
ne, o 3 es t faute de micux , v no pasará mucho más, sin que 
este instrumento que fue obrado filantropía, sirva como 
un anacronismo de museo, cuya sola vista estremece; co- 
mo una reliquia bárbara, que atestigüe el impenitente 
atraso de la humanidad, aun en medio de una civiliza- 
ción magnifícente. 

Todos los demás instrumentos análogos que funciona- 
ban en la plaza pública, también tuvieron su apogeo, an- 
tes de ser repudiados. La nobleza no perdía estos espectá- 
culos, ese deleite indecible que le procuraban las muecas 
de los pacientes al ser descoyuntados, descuartizados ó 
quemados. Todas estas cosas hoy parecen imposibles. 

Ahí es la ley evolutiva de la pena. 

Ahora se ensaya la electricidad. No pudiendo decidir- 
nos aun á tolerar la vida de los grandes criminales, abre- 
viamos los procedimientos ¡inútiles devaneos! ¡Como si 




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fuera posible hallar un medio tan dignificante, tan hu- 
mano, por el cual pudiera el ajusticiado mismo al dejar 
la vida, llevar estampada en su retina la imagen de la 
magnanimidad social! 

Cualquiera que sea el procedimiento, siempre podrá 
repetirse el anatema de Víctor Hugo: «La pena de muer - 
te es el signo especial y eterno de la barbarie *; cualquiera 
que sea el medio que se emplee para atentar al principio 
ae la inviolabilidad de la vida humana, así fría y deli- 
beradamente, siempre se nos hará recordar la maldad 
impasible de los pigmeos africanos. Y á medida que la 
cultura avanza, con doble razón . 

Inútil es, pues, modificar los medios de ejecución El 
que delibera la supresión de un semejante, sea quien sea, 
y lo suprime, asesina. 

La evolución, como se ha dicho, tiende incesantemente 
á despojar de toda violencia á los castigos. 

No queda ya más que el patíbulo fuera de la ley y 
Ó9te va limitando, de lustro en lustro, su aplicación y su 
crudeza. 

Son menos cada vez los hechos criminosos que caen 
bajo la pena capital. 

En 1793, en Francia, eran 115 los delitos que se cas- 
tigaban con pena de muerte; en 1810, 36; en 1832, 27; 
luego 15, luego 12 y así sucesivamente se han ido redu- 
ciendo, al mismo tiempo que eí aumento de indultos ha- 
ce menos frecuentes las ejecuciones. 

Ocurre otro tanto más ó menos en Alemania, Inglate- 
rra, Austria y demás países que aun conservan esta ins- 
titución. 

En Bélgica, hace cuarenta, años que no se aplica esa 
pena, si bien la sustenta la ley. 

En 1860, dos infelices, el comerciante Coucke y el la- 
briego Goethals, fueron decapitados como reo9 de asesi- 
nato en la persona de una señora, la viuda Dubois. Pudo 
comprobarse el error dos años más tarde, por confesión 
de Juan Bautista Boucher, verdadero autor de aquel cri- 
men. Desde entonces no se ha aplicado más. 

En Italia tampoco se aplicó la pena de muerte desde 
1876, y fué abolida legislativamente en 1889. 

.En dicho país, lejos de agravarse por esto la alta cri- 
minalidad, ha disminuido; y en Bélgica permaneció pri- 
meramente estacionaria, y luego también sufrió un sen- 
sible descenso. 

En Holanda, Portugal, Rumania, Finlandia, en varios 




- 13 - 



estados del norte de Alemania, en varios Cantones suizos, 
en varios estados de la Confederación Norteamericana, 
en Haití, Nueva Granada y Colombia, ha sido abolida 
también la última pena, y no se ha probado que aumen- 
tara por esto la criminalidad. 

Las tentativas abolicionistas en las naciones que aun 
conservan ese resabio, son cada vez más frecuentes y 
prestigiosas. En Alemania, Bismark contuvo el triunfo 
abolicionista, ya resuelto por una gran mayoría, en el 
parlamento. El canciller de hierro pudo imponerse á la 
voluntad nacional. 

En Francia, se han hecho repetidas tentativas en igual 
sentido — diez veces so intentó antes de 1865 y cada vez se 
renuevan con más vigor. Muchas Cortes de Casación y la 
mayoría de los procuradores generales, se han manifesta- 
do favorables á la reforma. En toda Europa, se han he- 
cho grandes esfuerzos para obtener la humanitaria refor- 
ma. Sólo Grecia y Turquía se han mostrado indiferentes á 
este unánime movimiento. 

¿Qué significa esto avance creciente del abolicionismo? 

¿No os demostrativo y convincente, como la misma evi- 
dencia, que está destinado á desaparecer, en breve, ese 
espantajo siniestro? 

¿No os claro que está agónico ose manequí de paja, de 
fusil enmohecido, deque habla Tarde, que cada vez tie- 
ne menos ánimo para hacer fuego? 

Medítese sobre la forma decreciente progresiva en que 
actúa esta institución; piénsese sobre la suerte que le espe- 
ra á un órgano que deja cada vez más de funcionar, y se 
verá que su atrofia es inminente. Caerá como cae una ho- 
ja seca. 

Este asunto es demasiado complejo para que, llevados 
del prurito de la simplificación de causas, podamos 
atribuir á una causa simple las modalidades que pre- 
senta. 

No puede decirse que el patíbulo actúa y decide prin- 
cipalmente del aumento, ni de la disminución de la cri- 
minalidad. Muchos otros factores más eficientes inter- 
vienen en ese fenómeno social. Esto es ya mucho; pero 
hay más. 

La historia nos revela la persistencia de la ley que ri- 
ge la benignificación de las penas, y á la vez la estadística 
demuestra que los delitos de sangre tienden más bien 
á sustituirse por delitos á base de fraude. 

Si acaso pudiera, pues, generalizarse, cabría decir: «más 




— 14 - 



rigor, más crueldad penal; más crudeza, rnás virulenta 
criminalidad», y si no podemos dar á este aforismo la 
fuerza de un axioma, habrá de convenirse, por Jo menos, 
en que si debe atribuirse á otras causas el favorable des- 
censo de la criminalidad, no se ha probado que la mitiga- 
ción de las penas haya dejado de concurrir á este resul- 
tado, y mucho menos se podrá probar, que esa mitiga- 
ción constante, aumenta la criminalidad. 

Pues bien, nos basta esto solo, para ser decididamente 
abolicionistas. 

Tiempo han tenido de sobra los partidarios de la pena 
capital para ensayar, su sistema y para acopiar demos- 
traciones concluyentes. 

Ahora debiera imponerse á ellos la tarea de probar la 
eficacia de tal institución; y no con afirmaciones dogmáti- 
cas, sino con hechos, con cifras, con razones claras, deci- 
sivas. Esto es ineludible si quieren mantener enhiesto el 
patíbulo. De otro modo, la abolición se impone. 

Tan elocuente como la ley de la constante y creciente 
humanización de las penas, es la 9erie de triunfos aboli- 
cionistas, obtenidos sobre la fuerza resistente de toda 
tradición. 

Fuera de las aboliciones parciales que van progresiva- 
mente excluyendo delitos del castigo capital, en todas par- 
tes, ya se ha reaccionado en varios países: en Portugal se 
abolió de hecho la pena de muerte desde 1846 y de de- 
recho desde 1866; en Holanda desde 1861; en Italia des* 
de 1889, y desde 1876 no se aplicaba; en Rumania desde 
1864; en los cantones suizos de Neufchatél, Ticino, Zu- 
rich y Ginebra del 1868 al 1874; en el Gran Ducado de 
Toscana desde 1786 ( ¡ !); en los demás estados que han 
abolido la pena capital, hace ya muchos años también que 
practican el sistema. 

Bastantes ensayos son, pues, también los abolicionistas, 
y por un tiempo bastante para demostrar que es una pu- 
ra preocupación la supuesta necesidad de la pena de 
muerte. Ya habrían vuelto á la vieja panacea si creyeran 
que es indispensable el patíbulo para contener el crimen. 

Ocurre con esta necesidad lo que con muchas otras, 
las de los mundanos verbigracia, que conceptúan la cor- 
bata y el carruaje como artículos de primera necesidad, 
de perentoria necesidad. Creed, «lo necesario» es casi 
siempre reductible. Si examinamos bien, lo que se reputa 
imprescindible resulta á menudo superfluo. 

Los partidarios del patíbulo se atrincheran en esta afir- 
mación: «la pena capital es una necesidad». 




— 15 



£s otro nuevo paso. Modifican el concepto de lo «eruel- 
necesario» por lo simplemente «necesario». 

De ahí que se hallen de tiempo atrás empeñados en 
la obra imposible de aliviar y abreviar la ejecución; de 
humanizarla, en una palabra. 

Proponen ahora la aplicación de una ley biológica: lo 
inútil se elimina. Lo mismo que expresa la frase corrien- 
te, «lo que no sirve, que no estorbe*. 

Cierto que también podría decirse del patíbulo: «Proba- 
da su ineficacia: suprímase». 

La teoría es sugestiva: «hay un peligro social: elimí- 
nese»; «un asesino está convicto: elimínese»; «éste es in- 
corregible: elimínese». 

Tan fácil es hacer esta teorización, como decretar la 
felicidad pública, por medio de un úkase. 

Eliminar, está dicho; mas ¿cómo se hace? ¿cómo se 
elimina? ¿suprimiendo la vida? Fuera de que todavía no 
se ha encontrado un medio preciso, efectivo, de diagnos- 
ticar la incorrogibiiidad, ni de probar matemáticamente 
la delincuencia, pregunto: ¿cómo so quita la vida de un 
hombre, sin incurrir en condenable violencia? 

¿Cómo se da muerte á un hombre, deliberadamente, á 
nombre de la ley, do la justicia, de la más alta represen- 
tación social, sin rebajar, sin denigrar á la sociedad 
misma? 

Por más tranagresor que sea de la ley, el criminal es 
un hombre; y ya sea que se adopte, para justificar este 
atentado social, la razón del ejemplo, de la intimidación, de 
la supuesta necesidad, de la defensa, no deja de compa- 
rarse el acto que se castiga, con el acto del que castiga. 

Esa desintegración deliberada en meses y años de de- 
bates, es forzosamente cruel, y por lo mismo de conse- 
cuencias perniciosas. 

Hay mil situaciones en que la vida de un hombre es un 
peligro ó un obstáculo, mas no so hará por esto la apolo- 
gía del homicidio. ¿Cómo podrá exigirse el respeto á la 
vida para con el déspota, el tirano, el usurero, el enemi- 
go, el calumniador, el rival? 

Si la sociedad soberana, llena de recursos, con sobra- 
dos elementos de fuerza, con cárceles y presidios, opta 
por la supresión radical, ¿con qué autoridad moral podrá 
exigir que los elementos inferiores respeten la vida de 
los demás, dejen de tener pasiones incontenibles, sacri- 
fiquen sus intereses, su tranquilidad, á veces exponiendo 
su propia vida, sin darse mejor al cómodo procedimiento 
eliminatorio? 




¡Cuidado con estos radicalismos! 

La eliminación, en teoría, será ideal; en la práctica es 
un acto que subvierte todos los principios sobre que re- 
posa la sociedad. No hay manera de eliminar por la 
muerte sin herir hondamente el sentimiento público y sin 
provocar reacciones deplorables, funestas. 

La sociedad asienta sobre la base esencial del derecho 
á la vida humana. Es el derecho primordial de los aso- 
ciados. La propiedad, la libertad, el honor, son bienes su- 
bordinados al de la integridad personal; presuponen el 
derecho de vivir. 

La sociedad no puede prestigiar, ni encarecer esa base 
esencial de convivencia, si no comienza por respetar ella 
misma, más que nadie, tan supremo bien. 

Respecto de los asociados, reconoce el derecho de de- 
fensa personal; pero establece condiciones. Entre otras, 
es. menester que el agredido se halle en inminente peligro, 
para que pueda serle reconocido el derecho de defensa. Si 
acaso no está extremadamente en peligro la integridad 
personal del agredido, si puede esquivar ese peligro de 
cualquier modo que no sea hiriendo, y hiere, la sociedad 
lo castiga. Exige que el agredido conserve la misma cal- 
ma, la misma prudencia, el mismo aplomo que el juez ó 
el legislador, para medir la gravedad de las circunstan- 
cias. Uno en su butaca y el otro en una encrucijada. 

La sociedad, en cambio, primeramente aherroja, des- 
pués da muerte: ¿por qué cambia el criterio de la ley? ¿por 
qué tan fundamental diferencia? 

No puede ser encarado este privilegio por razón de la 
defensa, ni de la necesidad. Es sencillamente porque se 
apodera de la persona del asesino, la confisca, puede de- 
cirse, y con ella pretende actuar sobre terceros y en su pro- 
pio beneficio. Ya sea por vía de ejemplo ó de intimida- 
ción. 

¿Es justo que se utilice la vida de un asociado, cual- 
quiera sea la condición de éste, para obtener con ello tales 
ó cuales efectos en la comunidad? ¿quién ha dicho que el 
asesino deja de ser hombre, para hacerlo servir como una 
cosa cualquiera? 

[; Y si acaso fuera enteramente efectivo que es saludable 
este sacrificio por el ejemplo, por la intimidación, todavía 
podría alegarse una razón de estado; pero cuando es tan 
dudoso el efecto favorable de esa violencia social, tal acto 
significa doblemente un abuso; tal prepotencia es doble- 
mente condenable. 

La ley biológica de la eliminación puede cumplirse por 




- 17 - 



la sociedad sin apelar á esta práctica atávica; el ejemplo 
y la intimidación pueden obtenerse seguramente mejor 
por otros medios, menos denigrantes, menos abusivos, y 
por ende, es menester confesar que si mantenemos el pa- 
tíbulo, no es porque nos hallemos plenamente convenci- 
dos de su necesidad, sino más bien porque nos dejamos 
ir con la costumbre tradicional á son de camalote!. . . 

No nos damos la pena de indagar, de estudiar, de me- 
ditar; no, lo más que hacemos es buscar una fr^c, una 
ocurrencia, un mot de sprit para desentendemos de tal 
asunto que no puede afectarnos muy de cerca. Los de- 
más... ¡que tallen! 

No voy á detenerme á estudiar 91 la sociedad tiene ó 
no tiene derecho á privar de la vida á sus asociados, aun 
cuando se trate de elementos inadaptables al medio. Esta 
demostración me parece lírica, aun cuando fuera fácil. 
Cuando se hubiera logrado llevar una evidencia al de- 
bate, se nos opondría. . . la prescripción adquisitiva. Ese 
«derecho» que se viene ejercitando, hasta con abuso, por 
siglos y siglos, ¿quién puede negarlo eficazmente? 

Lo que deseamos demostrar es lo innecesario de ese uso 
para los fines que se propone la sociedad. 

Nada más. Eso . nos basta; y tal vez bastara hacer 
constar que los panegiristas del patíbulo no han proba- 
do aun su necesidad, ni siquiera su utilidad. 

Pero ¿qué inconvenientes hay para que la eliminación, 
la segregación, se realice recluyendo perpetua ó indefini- 
damente y reduciendo al criminal á la más absoluta im- 
potencia? ¿Acaso razones económicas? 

¿Podría hablarse, en un país que insume millones en su 
presupuesto, de los pocos pesos — si acaso no pudieran 
compensarse con el trabajo del recluido — de los pocos 
pesos, digo, quo cuesta su manutención y su cuidado, 
cuando se trata de hacer un homenaje de respeto á la vi- 
da humana? 

¿No vale bien tal sacrificio la dignidad social? 

No podrá probarse jamás que es menester fusilar y 
enterrar á un hombre para que deje de ser un peligro 
social. Dentro do cuatro fuertes paredes, con una abertura 
defendida por gruesos barrotes de hierro, está tan inofen- 
sivo, puede decirse, como debajo de tierra; y entretanto no 
se cornete un acto que deprime á la sociedad. Luego, no 
es ineludible darle muerto. 

¡Guay con la tesis eliminatoria llevada á fules extre- 
mos! Véase quo las consecuencias son abrumadoras. 

Si se atiende á la tesis de la escuela antropológica, 



2 




- 18 - 



á la tesis de la misma escuela moderna psicológica, que 
establece la carencia de facultades inhibitorias en el 
criminal; si triunfan los deterministas, no hay distingo 
que hacer, entre el enfermo y el delincuente. Si se admi- 
te que la voluntad deliberada no interviene en el delito, 
si se excluye el libro arbitrio, es tan irresponsable un cri- 
minal como un leproso, un tuberculoso, un varioloso. 

Y entonces podrá replicarse: ¿son acaso los asesinos, 
únicamente, los que ponen en peligro á la sociedad? ¿Y 
los contagiosos? Se ha dicho ya, que causan más víctimas 
los besos de los tuberculosos, que el puñal de los asesi- 
nos. Pasan de mil, anuales, los casos de mortalidad por 
tuberculosis, en nuestro país, cifra que supera, varias ve- 
ces, á la de las víctimas de asesinato. 

Si el derecho de conservación social impera así, en ab- 
soluto, y si se atiende á que la reclusión de un infeccioso, 
es más peligrosa y más cara que la de un criminal ¿por 
qué no habrá de proponerse también, un día, su elimina- 
ción? Los higienistas desconocen ya el derecho á la li- 
bertad personal de ciertos enfermos; de ahí para adelante 
no hay más que un paso. 

Se dirá que es inhumano y sacrilego confundir á los 
enfermos con los criminales: sea; mas una vez que la 
ciencia establezca la analogía délos peligros, ¿quién duda 
de que podrá equipararse el remedio? 

¡Felizmente los filántropos habrán de convencerse al- 
guna buena vez de que no hay manera de «eliminar* de 
modo que los «eliminados* se vayan de aquí conmovidos 
por la longanimidad social!.. 

Por otro concepto la ejecución capital es también im- 
practicable. Es claro que no nos referimos á la materia- 
lidad del hecho. Pasa lo que con ciertas operaciones de 
cirugía, que podrían efectuarse fácilmente, á no resultar 
inconvenientes y tropiezos graves, más graves que los 
mismos que se desean evitar con la intervención del ci- 
rujano. 

La ley del talión ha sido repudiada universalmente por 
su excesiva dureza, como se rechaza el lynchamiento. 

La pena de muerte, sin embargo, sobrepuja casi siem- 
pre, si no siempre, dichas formas penales. 

El asesino sorprende á su víctima y le da muerte. En 
la gran mayoría de los casos, ocurre a9Í. La sociedad, en 
cambio, aprehende al asesino, lo enjuicia lentamente, lo 
acusa, lo condena, lo aherroja, y le dice: 

— «Tú vas á ser fusilado. Prepárate». 




- 19 - 



Ese lujo de detalles, esas horas de capilla, esos prepa- 
rativos de ejecución, ¿pueden ser más abusivos é inhu- 
manos? 

Leed cualquier relato de fusilamiento, observad los 
mil detalles que trascienden á la publicidad, y pensad que 
esos detalles son cien, son mil veces más espeluznantes 
en la realidad misma. ¡No es la simple supresión de la 
vida! 

Es un rodaje demasiado lento y demasiado cruel. Pri- 
meramente los meses, los años de agitación y de zozobra, 
mientras se le incomunica, se le interroga, se le confron- 
ta con los testigos de cargo, se le lleva de audiencia en 
audiencia, hasta que por fin se le condena, en última ins- 
tancia. Después que su proceso ha corrido interminables 
tramitaciones, después que ha vivido en una incertidumbre 
la más inquietante, un día se le notifica la sentencia que 
causa ejecutoria. Se le remacha una barra de grillos, ya 
definitivamente; se le coloca en una capilla improvisada 
y el capellán se pono á su lado. 

Allí, imposibilitado de moverse y con guardias, queda 
48 horas, cuando no más, descontando instante por ins- 
tante, su existencia. Es una agonía á plazo fijo, en plena 
salud. 

La velocidad con que corren los instantes, cada vez 
que se alimenta una esperanza, por débil que ella sea, y 
la lentitud de esas horas, cuando ya no se espera, son in- 
decibles. 

Toda la sociedad con sus prestigios, con sus recursos 
y con su fuerza, gravita sobro la cabeza de ese ex mal- 
vado, trocado ya en hombre indefenso. Todo lo que lo ro- 
dea, tiene un aspecto anormal que le recuerda su próximo 
fin: las miradas, los cuchicheos, los extraños movimien- 
tos de tanto preparativo; y así pasan las horas, luego los 
minutos, hasta que al amanecer, llega el instante de ir 
al banquillo. Comienza ú caminar á paso tardo, trabado 
por la barra de grillos, llega al sitio, le vendan los ojos 
y el piquete hace fuego, ¿qué encontráis en todo esto, vos- 
otros, capaz de inspirar otro sentimiento que el de la 
conmiseración para el reo y el de protesta para la impa- 
sibilidad prepotente do los verdugos? 

Naturfllnionte, antes do llegar al banquillo están á ve- 
ces muertos por el dolor, y asimismo, deben ir, por sus 
propios pies, desdo la capilla al sitio de la ejecución, por 
entre la muchedumbre de curiosos que lo espera ávida 
de emociones fuertes; debe de ir en busca del piquete 
que, con sus armas resplandecientes, ha de herirlo en 
pleno pecho. 




- 20 - 



Forzosamente se genera la compasión, habiendo en- 
trañas, pues no puede pensarse ya en la ferocidad de 
ese desgraciado que sufre tales tormentos, sin gritar, sin 
morder, sin rebelarse contra sus inexorables ejecutores! 

Y bien, señores, ¿no és evidente que el mismo asesino 
casi nunca infiere á su víctima tanto sufrimiento? ¿no os 
parece que la crueldad social supera á la del mismo mal- 
vado que se ajusticia? El asesino Anastay se apia- 
dó de su víctima así que la hirió. ¡Oh! Esta forma de su- 
plicio, pausado y frío, es más cruel que un lynchamiento 
y rebasa en barbarie á la ley del talión. 

He pensado más de una vez, en la supresión absoluta 
de la capilla. Me decía: si fuera posible eliminar, sin apa- 
rato, sin imponer tan crueles dolores y torturas, si fuera 
posible sorprender al asesino en la cárcel, corno sorpren- 
den los asesinos. . . ¡ Vaya ! Se habría devuelto la muer- 
te con la muerte, la alevosía con la alevosía. Se habría 
cumplido, maB no en mucho sobrepujado la misma ley 
del talión. 

Pero esto es imposible; es menester imponer la pena pre- 
ventiva, con sus inconvenientes; luego la tortura do una 
agonía consciente más ó menos larga y luego la muerte. 
Esto es irreductible. Son varias torturas sucesivas que. 
se aplican previamente al castigo capital, á una pena tan 
absoluta como es la pena de muerte. No hay manera de 
descontar la prevención; ésta se suma con la pena máxi- 
ma á que puede ser condenado el prevonido. Es decir, 
dos penas, una relativa y otra capital, absoluta. Dejo de 
lado, naturalmente, la ficción antojadiza de que la pre- 
vención no .es un sufrimiento, una pena. Hay que man- 
tener, pues, el andamiaje viejo, aparatoso, porque de otro 
modo las cárceles preventivas serían lugares de terrible 
expectativa, de mortales incertidumbres; y no hay dere- 
cho para imponer sufrimientos á los que no han sido 
condenados. 

Hay que aceptar el patíbulo con su lujo de crueldad ó 
hay que desecharlo, buscándole un sustitutivo. . . cual- 
quiera que sea. 

. Yo no haría cuestión sobre esto á base de respetar la 
vida, mas sí declaro que iría dentro de la medida posible 
al sustitutivo más humano, por lo menos, en una forma 
prudente, gradual. 

Dentro del estrecho y especial espacio de una confe- 
rencia, no me es posible abordar tan arduo y vasto asun- 
to por todas sus fases: sólo quiero demostrar aquí lo exce- 
sivo del patíbulo. 




- 21 — 

Una revista científica daba cuenta de este instructivo 
resultado: 

Las cebras se tenían por indomesticables. Se procedía 
á amansarlas por medio del rigor; y cuando so lograba 
algún éxito — raramente — era el dominio del domador so- 
bre el animal que, casi siempre, quedaba de igual manera 
rebelde, indómito para con los demás. 

Apenas se cambió do régimen, se palparon consecuen- 
cias radicalmente distintas. 

Con la dulzura, pocas, muy pocas son las que no llegan 
á un estado de mansedumbre, de domesticidad tal, que 
hasta los niños pueden jugar con ellas. 

Este procedimiento debiera en lo posible extenderse, 
tratándose del problema de la educación y de la correc- 
ción del hombro que, al fin, no ha de ser más salvaje ni 
más indómito que aquella bestia! 

Creo firmemente que el rigor penal extremado pierde 
su eficacia, y á poco andar resulta contraproducente. 

Veamos, ahora, dónde está la supuesta fuerza ejemplar 
de 1 a pena de muerto. 

En Alemania, Inglaterra, Austria, Rusia, Suiza (Es- 
tados que mantienen dicha pona) Suecia, Estados Uni- 
dos, (estados que mantienen esa pona) no son públicas 
las ejecuciones. 

En todos estos países, no creen en la ejemplaridad del 
espectáculo; proceden á puertas cerradas tratando de es- 
conder en lo posible ese acto de supuesta justicia; y en 
verdad, ¿quién puede pensar en la saludable acción de 
esa ó de cualquiera otra violencia? ¿Quién puede creer que 
una guillotina, un garrote, una hacha, un fusilamiento, 
asimismo una electrocución, producen útiles enseñanzas 
á la sociedad? 

¡Es hasta una afrenta hacer servir esta fuerza nueva 
para mantener de pie la vieja institución patibularia! 

Si se admito que el espíritu de imitación mueve á la 
humanidad, es obligado establecer que se manifiesta más 
acentuado en las clases incultas — que son las más nece- 
sitadas do ejemplos moralizadores — y habrá de convenirse 
en que una sensación de violencia, de crueldad, de dureza 
provoca reacciones de igual índole. El hábito de ver san- 
gre hace á los hombres insensibles al dolor ajeno, los ha- 
ce brutales. 

Nadie, nadie de los que presencian una ejecución, sale 
de allí enaltecido, moralizado. Esa multitud anónima 
que se agolpa alrededor del patíbulo, esos que sólo ma- 
drugan el día do una ejecución — ¡sólo ese día pueden dar* 




- 22 - 



se cuenta de la belleza de una aurora! — han olvidado por 
eompleto la cau 9 a del castigo y entienden que el fusila- 
miento es un holocausto á la ley, á la justicia, un impues- 
to de sangre para alimentar al Minotauro social, y com- 
padecen ó admiran al reo, según se presente al sacrificio 
resignado, como un mártir, 6 altivo, como un héroe. Nadie 
piensa en esos momentos que es la justicia social quien 
actúa. 

La mayoría de los grandes criminales, va al cadalso 
adoptando una actitud girondina. Muchos desean perorar 
enfáticamente. Corain leyó una poesía. Poncety Avinain 
hablaron á la muchedumbre. 

El segundo, tuvo que ser interrumpido por el verdugo, 
porque parecía estar dispuesto á hablar extensamente. 
Avinain, ceñudo, condensó en una sola frase, un precep- 
to hábil y frío de defensa: No debe confesarse la culpa. 
«¡Hijos de la Francia, dijo, no confeséis jamás! Eso es lo 
que me ha perdido». 

Ese feroz asesino, descuartizador reincidente, se creyó 
engañado por los maquiavelismos de sus pesquisante?, que 
le arrancaron una confesión con promesas; y no reo de 
sus propios crímenes. Murió como una víctima de la trai- 
ción. 

De los nuestros, casi todos han ido serenos al banqui- 
llo, con igual entereza, con el mismo valor con que acudi- 
rían á defender, en las cuchillas, nuestras libertades pú- 
blicas. Si sienten arrepentimiento por su delito, jamás 
sospechan que la sociedad es justa, al imponerles una tor- 
tura más cruel, mucho más cruel, de la que — ellos, ase- 
sinos — impusieron á su9 víctimas. 

Otros chancean. 

Figuerón durante las horas de capilla jugó al «truco 
con versos ¿ con su propio padre, admirando á todos por su 
serenidad. 

Hay quien, al ser despertado de un profundo sueño, 
para preparar la toilette previa al guillotinamiento, como 
anduviera tardo, para expedirse, le instaron los verdugos 
á fin de que se apurara, pues avanzaba la hora. Amane- 
cía. 

«No os apuréis, les dijo con toda naturalidad. De todas 
maneras — creedme— la fiesta no comenzará hasta que yo 
vaya». 

Estos relatos que trascienden al pueblo, lejos de pro- 
mover ideas morales, forjan la admiración del valor per- 
sonal. Al vulgo lo deslumbra ese desprendimiento con 
que los grandes criminales entregan su más precioso bien, 
su vida. 




- 23 - 



Aquí nuestros paisanos aplauden y vivan al que mue- 
re en el banquillo con entereza. Páez y González, los 
últimos fusilados, murieron entre ovaciones estruendosas. 

Sería inacabable la cita de casos que revelan la com- 
pleta inocuidad del patíbulo para moralizar, para dar 
buenos ejemplos á la muchedumbre que asiste al espectá- 
culo 6 á los que se deleitan leyendo las crónicas. No, el 
fusilamiento lejos de moralizar, barbariza. 

El ilustrado Capellán de la Penitenciaría, doctor Loren- 
zo A. Pons que asistió á 18 reos en 18 ejecuciones y cu- 
ya palabra no puede sospecharse por el doble concepto de 
su acrisolada rectitud y de no rechazar en absoluto la pe- 
na de muerte, en un reportaje que publicó la prensa, de- 
cía: 

«¿Qué se consigue, en efecto, con hacer presenciar el 
brutal espectáculo por un par de cientos de personas que, 
por el hecho de ser invitadas por tarjetas, se suponen se- 
leccionados entre personas que no tienen la menor pro- 
pensión por los grandes crímenes? Nada más que satisfa- 
cer una curiosidad malsana y dar lugar á que muchos 
puedan repetir después que han visto matar á un hombro 
sin sentir ninguna impresión. . .Por otra parte, se puedo 
estar seguro de no asistir á ninguna escena de desolación 
entre el grupo de espectadores selectos: hasta ahora no se 
ha dado el caso de una exclamación de horror. Los co- 
mentarios giran siempre alrededor del mismo círculo: el 
mayor ó menor valor del reo. Ni más ni menos que lo que 
sucedía en el Circo, entro los romanos. . . 

«Para alcanzar esa decantada ejemplaridad del fusila- 
miento, se ha recurrido á las ejecuciones al aire libre, en 
el sitio de Ior sucesos. ¿Se ha conseguido algo más eficaz? 
A la vista están los ejemplos. Los paisanos van á las eje- 
cuciones como irían al más sonado de los espectáculos; s# 
costean desde leguas, pierden días, cansan caballos, y 
cuando llega el momento decisivo, vivan y aplauden. Y 
si el reo so ha mostrado demasiado valiente, corre en- 
tre las filas algo así como un sentimiento de envidia. . . 
Es que el fusilamiento no hace vibrar en ellos más que 
la fibra perversa y la fibra bélica! En ciertas circunstan- 
cias se han producido hechos que deberían alarmar seria- 
mente á los que sacrifican hombres con la vana esperanza 
de impresionar á las masas. Cuando el fusilamiento de 
Silva, en Soriano, el dueflo del campo en que iba á con- 
sumarse, interpretó el hecho como una fiesta preciosa para 
sus dominios y para darle más realce, organizó un gran 
asado con cuero; y para que no faltara público, se costeó 




- 24 - 



á invitar personalmente, montado en su mejor pingo y 
vestido de poncho blanco. 

«El de Picón, en Palmira, coincidió con unas carreras. 
Con ese motivo durante las cuarenta y ocho horas de ca- 
pilla, hubo mósica, baile, juego de taba, etc., casi á la vis- 
ta del reo. Casi en su honor se organizó un asado con 
cuero, y, como era natural, se le mandó el mejor trozo al 
héroe (le la fiesta, faltando poco para que se cambiaran 
notas de felicitación y de agradecimiento. . .Al fusilamien- 
to asistió la reunión en masa, y después de consumado el 
acto, la reunión en masa volvió al sitio de las carreras, 
reanudando sus músicas, sus francachelas, como si nada de 
anormal se hubiera producido. Al de Figuerón se trasladó 
al sitio del suceso todo el pueblo de Santa Lucía. Como 
los coches no bastaban, la mitad del público hizo el via- 
je á pie: un fusilamiento no se tiene todo9 I 09 días para 
dejarlo de ver por dos ó tres leguas de marcha. Entre los 
peregrinos que se impusieron el sacrificio, formaban mu- 
chas mujeres y entre éstas, según fué público y notorio, se 
contaba un par de docenas de Hijas de María, armadas 
de sus respectivos escapularios. Al de Santa Ana, en 
Paysandú, asistió tranquilamente casi toda la familia. Pa- 
rece que hasta el padre hubo de ser de los espectadores! 
Pero de lo que no queda duda es de que aquel buen señor 
reclamó en el acto el cadáver, lo envolvió en un poncho 
y atravesándolo en un caballo como un bulto cualquiera, 
se lo llevó para su9 pagos, tal vez para tributarle los ho- 
nores á que se había hecho acreedor por su última hom- 
brada.» 

Como se ve, no hay absolutamente ningún ejemplo, 
ninguna sana enseñanza en tale9 espectáculos, que seme- 
jan una fiesta bárbara, más bien que un acto solemne de 
justicia social. 

Hay quien no falta á las ejecuciones, expresando que 
suprimidas las corridas de toros, es menester presenciar 
los fusilamientos, si se quieren experimentar fuertes emo- 
ciones; y hay centenares de personas que madrugan y ca- 
minan para acudir á los alrededores de la Cárcel, donde 
saben que no pueden entrar, sin ver nada, sólo por oir la 
jye&carga. 

Es menester cerrar los ojos del intelecto, para conti- 
nuar mistificados acerca de la ejemplaridad de la pena ca- 
pital. Desde que se notifica al reo, hasta que se le ejecu- 
ta, inútil será querer dar á los detalles un aspecto de gra- 
vedad respetable. Todo resulta cruel, refinadamente cruel 
y grotescamente pérfido, cuando no repulsivo, repugnante, 




- 25 - 



— permitidme señoras — nauseabundo, como en el caso de 
Vitalino Vázquez en que, por efecto del terror, parece 
que la muerte se anticipara. En tales casos, la pena de 
muerte es algo indescriptible, es algo que sale de fronte- 
ras! .... 

[Cuánto más eficaz y más digno es mantener á la so- 
ciedad, á la ley y á la justicia, por encima, bien por enci- 
ma de todas las cabezas, y especialmente de aquellas que 
consideramos despreciables y odiosas al extremo de pen- 
sar y resolver su eliminación violenta! 

Por mucho que se busque, no se hallarán más que dos 
formas para imponerse: por el respeto ó por el terror. 
El respeto no se infunde por medios violentos, el terror 
no se implanta sin extremar la violencia. 

Hay algo que es muy significativo también, respecto de 
la ejemplar institución del patíbulo. 

El verdugo está desde muy atrás humillado, desprecia- 
do, detestado, poco monos que el mismo criminal. En la 
opinión pública el ejecutor de la ley, del fallo judicial, 
es el personaje más repulsivo de cuantos desempeñan fun- 
ciones públicas. ¿Por qué? 

Algo tendrá el verdugo, cuando lo maldicen. 

Aquella familia francesa de verdugos, los Sansón, que 
se transmitieron de padres á hijos, por varias generaciones, 
el hábito y la privativa de ejecutores de la suprema jus- 
ticia, como podría trasmitirse una corona ó un título, con 
pingüe renta, aquella familia no pudo familiarizarse con 
su investidura. Los últimos vástagos deseaban la aboli- 
ción de la pena capital, para no tener que cumplir ya esa 
supereminente función social, aun cuando perdieran por 
ello sus entradas. Según sus propias confesiones, sufrían 
de insomnio, de inapetencia, de hondo malestar en los días 
inmediatos á una decapitación. 

¡Curiosos contrasentidos! El verdugo, repugnado por su 

S ropia investidura legal y la sociedad, repudiando al ver- 
ugo, el que, al fin no hace más que cumplir una misión 
judicial, ¡ejemplar! que la sociedad le confía, por medio 
de sus altos dignatarios. ¿No es esto bien extraño? 

Respecto de la pena de muerte hay una serie de cosas 
extraordinarias que se sustraen — sin saberse por qué— á 
la lógica que preside los demás hechos sociales. Es cierto 
que lejos de rehabilitarse á los verdugos, cada vez seles 
mira con mayor repulsión, lo mismo que al patíbulo, el 
que, por más fuertes que sean los que lo sustentan, cruje, 
tambalea, también cada vez más, y está á punto de de- 
rrumbarse 




— 26 - 



Los que creen que la pena de muerte es eficaz porque 
intimida; los que piensan que este es un freno para con- 
tener la delincuencia, debieran lógicamente sustentar la 
utilidad de las ejecuciones frecuentes. Si se piensa con- 
tener el crimen por el terror, por la intimidación, lejo9 de 
mitigar los horrores del suplicio, debe optarse por un re- 
crudecimiento de torturas y, á la vez, ampliarse generosa- 
mente los casos de ejecución. La lógica obliga. 

Nosotros creemos que es una ilusión eso de reducir 
el crimen por este viejo recurso; creemos más, creemos que 
es contraproducente este remedio sin que, para demos- 
trarlo, tengamos que acudir al argumento —formidable, 
sin embargo — de la comprobación del hecho, de haberse 
presenciado ejecuciones por muchos, muchos que, des- 
pués, se dieron al asesinato y sucumbieron también en el 
patíbulo, en el mismo patíbulo que vieron antes funcio- 
nar. 

Lo intimidante de la pena, esta falsa apreciación, se 
debe á una causa de error conocida. 

lái no me acusáis de irreverencia voy á hacer lo que 
llaman nuestros paisanos una «mala comparación». 

Cuando un avestruz se halla perseguido, acorralado, 
como último recurso de defensa, se esconde, ¿sabéis cómo? 
Esconde la cabeza debajo del ala y como el pobre zan- 
cudo no ve nada, se le antoja que los demás no lo ven. 

Nosotros generalizamos, 6in distinguir. Miramos con 
horror la posibilidad de ser fusilados, y creemos que to- 
dos los demás se hallan dominados por igual sensación 
Bentham atribuye á una inadvertencia de los legisladores 
la institución de la pena de muerte. Dice: «Los que ha- 
cen las leyes pertenecen á esas primeras clases de la 
sociedad, en las que la muerte se considera un gran mal, 
y una muerte infamante como el mayor de todos los ma- 
les. Pero ellos muestran poca reflexión cuando la aplican 
á una clase de hombres, desgraciados y degradados, que 
no dan el mismo valor á la vida, que temen la indigencia 
más que la muerte y que la infamia habitual de su estado 
los hace insensibles á la infamia del suplicio». De ahí 
que haya pasado en autoridad de cosa juzgada la te- 
mibilidad de la pena capital, temibilidad que, entre nos- 
*<ftros, por lo menos, resulta enteramente ilusoria. 

El doctor Pons, en el mismo reportaje aludido, niega 
en absoluto que sea temible el fusilamiento en nuestro 
país, y tiene base, por su gran preparación y por el cú- 
mulo de sus observaciones, para haber formado juicio au- 
torizado al respecto. 




- 27 - 



Dice así: 

« Para mí es un hecho definitivamente averiguado 
que nuestros paisanos no le temen al fusilamiento. Que lo 
digan Páez y González yendo al banquillo completa- 
mente serenos, sobro todo González, pidiendo que no 
le vendaran los ojos para ver la descarga, y abriéndose 
el chaleco con soberbia, para mostrar mejor el pe- 
cho. Pero esos casos, lejos de ser la excepción se re- 
piten en todas las ocasiones. Entre los diez y ocho reos 
que he asistido sólo he visto un cobarde, Vitalino Váz- 
quez,, y ese no era oriental. Entre los otros sólo he podi- 
do ver el valor aproximándose á la temeridad, en mayor ó 
menor grado. En más de uno, no ha sido posible notar 
siquiera, en el instante supremo, una ligera alteración de 
pulso. . . Es que los hijos de esta campaña entre los que 
aparecen generalmente los grandes criminales — á fuerza 
de guerrear y oir hablar de guerras, han perdido el temor 
de las balas, y cuando les llega el caso, van al banquillo 
con la misma despreocupación con que ¡rían á una guerri- 
lla de la que estuvieran casi seguros que no habían de 
volver. 

«Pero hay más. No sólo van al banquillo sin miedo, si- 
no que, perdiendo todo sentido de la realidad, van casi 
siempre altivos, como si fueran á un sacrificio honorable, 
haciendo alarde de su valor, y como si su puesto fuera 
digno de envidia. A Santa Ana, uno de los protagonistas 
del drama de Piedras Coloradas, cuando era conducido 
en compañía de Correa para el sitio en que debía ser fu- 
silado, le salió al encuentro un viejo tío llorando amar- 
gamente por la suerte de su sobrino. Pero el condenado 
no lo dejó concluir: « ¡No llore, viejo, que los orientales no 
le temen á la muerte!. . .» Dijo su frase con tanta energía, 
tan convencido de que estaba en un trance que acredita- 
ba á la raza, que el viejo se tonificó en el acto y enjugán- 
dose los ojos repuso: «Tienes razón, hijo mío, hay que 
mostrar que uno es hombre!» Y más tarde el viejo asis- 
tió al fusilamiento, completamente sereno, con un gesto 
de orgullo que parecía decir: ♦¡Aprendan cómo muere un 
oriental, un miembro de mi familia!» Figuerón, en San- 
ta Lucía, tomó tan á lo serio su papel de héroe, que al 
sentarse en el banquillo pidió, y lo que es más raro obtu- 
vo, que se le dejara dirigir una arenga al público, en la 
que dijo con lenguaje pintoresco y enérgico que «se iba á 
ver cómo moría un valiente». Silva, soldado del l.° de Ca- 
ballería, después de haber pasado sus veinticuatro horas 
de capilla en una jarana constante, al extremo de admi- 




- 28 - 



rar hasta á sus compañeros más empedernidos, al verse en 
medio del cuadro en que había de acabar sus días, se 
despedía de sus amigos con tanto entusiasmo, como si 
fuera á sacrificarse por la gloriosa bandera que flameaba 
á su lado. Y sin embargo, era un pobre miserable que 
algunos meses antes había asesinado por la espalda, ála 
distancia, de un tiro de carabina, á un buen sargento, su- 
perior 9uyo!» 

El doctor Pons propone la sustitución del fusilamien- 
to, por la horca. Es así más lógico, una vez que acepta 
la posibilidad de detener el crimen por medio del terror. 

Como perspectiva lejana — lejana é incierta como es la 
posibilidad de ir al patíbulo — aterra, si acaso, más una 
reclusión con trabajos forzados, que un fusilamiento. El 
valor personal es una cualidad corriente, una supersti- 
ción, podría decirse, para nuestros campesinos. 

Tal vez si se escudriñara algo más, pudiera comprobar- 
se que ese espectáculo — según lo insinúa el doctor Pons — 
produce sugestiones de envidia, en la profunda ignoran- 
cia, en la perfecta irreflexividad de ese espíritu aventure- 
ro de nuestros gauchos. Ellos cambian su vida, diez ve- 
ces, por una leyenda al valor, que es la virtud más esti- 
mable en el medio en que viven. El honor, la laboriosi- 
dad, el amor al estudio, la lealtad, nada valen frente al 
valor personal. 

Por otra parte, el delincuente es casi siempre un im- 
previsor, un irreflexivo. 

Si pudiera intimidarle una represión inmediata, algo 
así como un lynchamiento, no lo intimida una pena que 
viene muy de lejos, y que es problemática. Para los irre- 
flexivos, para los imprevisores, la posibilidad de ser ajus- 
ticiados allá, un día, no los contiene de las tentaciones de 
un delito, como no contiene á un alcohólico, á un morfi- 
nómano, de usar del alcohol y de la morfina, la perspec- 
tiva de abreviar sus días, ni los dolores y las demás con- 
secuencias funestas que los amenazan. 

Nuestros paisanos que juegan su vida todos los días, 
¿habrán de dejar de sentir las seducciones de un delito, 
por la muy eventual y lejana posibilidad de 9er fusilados? 

El más timorato, el más aprensivo no se espanta de 
un peligro lejano, de un mal incierto que pueda sobreve- 
nirle uno, ó dos, ó tres años más tarde. — ¡Para allá me 
las den todas!— Aun los reflexivos, difícilmente hacen 
previsiones de tan larga proyección; los demás, no pue- 
den concebir siquiera — como sensación de realidad — que 
el afío que viene ha de llegar de verdad, algún día. Ano- 




- 29 - 



ra bien; con esto y teniendo presente que los asesinos 
muchas veces exponen también su vida para consumar su 
crimen, ¿cree alguien que habrán de contenerse por la 
concepción de un peligro tan incierto como remoto? 

Aquel que sea capaz de detenerse así, no es peligroso; 
es un inofensivo, aun cuando se suprima la amenaza del 
patíbulo. 

«Una cosa e parlar di morte,altra e moriré», dice el ada- 
gio. Esos mismos asesinos que van intrépidamente al 
banquillo, ¿habrán de ser detenidos por la simple ame- 
naza? 

Está comprobado que muchos condenados á muerte no 
han pedido gracia y otros han rechazado la conmutación, 
ya decretada. De veintitrés condenados á quienes el 
rey de Inglaterra conmutó la pena capital, seis rehu- 
saron esa gracia. En un estado americano, de dos pena- 
dos que pudieron acogerse á una ley más benéfica, uno 
rehusó ampararse á esa solución. Muchos son los casos 
de este género. 

Unos dicen como Cartouche: «Es un mal cuarto de ho- 
ra y nada más»; otros dicen: «No es más que un salto, 
una sacudida y está todo concluido». Un verdugo, Cape- 
luche, condenado á muerte, como su propio ex inferior el 
subverdugo no andaba listo para disponer la ejecución, 
se hizo desatar, arregló todo, dió instrucciones y luego 
se colocó tranquilamente debajo de la cuchilla pa- 
ra ser ajusticiado. Un caso análogo es el de un tal 
Coonor. — Un ladrón francés, condenado en Rusia, al ser 
colgado, como se rompiera la cuerda, exclamó: «En este 
maldito país, ni siquiera saben colgar». — Pranzini, al cu- 
ra que pretendía consolarlo, lo rechazó con altanería, di- 
ciéndole: «Cumpla usted su deber; yo cumpliré el mío». 

Son innumerables los casos que patentizan la indiferen- 
cia con que miran el patíbulo los grandes criminales. (1) 

(1) Rebaudi, «La pena di morte», páginas 45 y siguien- 
tes, ha recogido muchos casos interesantes, de los cuales 
insertamos algunos: 

En Turín, ai día siguiente de una ejecución, se come- 
tió un bárbaro crimen. 

En Nápoles, después de una ejecución, se multiplica- 
ron lo* delitos de sangre. 

En Boston, ajusticiado un incendiario, sucedieron va- 
rios incendios. 

En Milán, pocas horas después de la ejecución de Bog- 
gia, dos jóvenes fueron asesinados y saqueados. 




- 30 - 



Por otra parte, si se observa que c*l número de suici- 
dios es siempre mayor que el de los homicidios — eu algu- 
nos países hasta diez veces mayor — se concibe que el pa- 
tíbulo no puede ser un obstáculo para contener al crimen. 
Como dice Lacassagne, muchos suicidas no son más que 
criminales modificados por el medio. 

El temor á la muerte, pues, no es tan general ni tan 
eficaz para reprimir el crimen, como lo suponen los ele- 
mentos superiores de la sociedad; y el temor á una muer- 
te posible, lejana, es algo que no sienten siquiera los más 
equilibrados. ¿Cómo habrá de detener á los que tienen 
alma de asesinos? 

Según se dijo en la asamblea nacional francesa, los 
grandes malhechores tienen algo de común con los hé- 
roes: el desprecio á la muerte, por manera que resulta 
enteramente ineficaz ese recurso social tan ensayado, co- 
mo desacreditado. 

Si se advierte que las probabilidades de ser aprehendi- 
do y ajusticiado el culpable son tan escasas como son, en 

En Glasgow, durante la ejecución de Tomás Temple- 
man, ocurrieron robos alrededor del patíbulo, y entonces 
los robos se castigaban con pena capital. 

Por certificaciones hechas al parlamento inglés, resulta 
que habiendo sido ajusticiado un falsario, se consignó su 
cadáver á la familia. La policía encontró billetes de ban- 
co falsos, que habían escondido en la boca del cadáver. 

En la primavera de 1863, dos fueron ajusticiados por 
asesinato; en el otoño del mismo año once personas fue- 
ron juzgadas por igual crimen, de las cuales cuatro fue- 
ron ahorcadas; y antes que concluyera el afío, otros cua- 
tro asesinatos conmovían á la población. 

En Chattam fué ajusticiado un hombre por haber ase- 
sinado á un muchacho; alguna semana después un sol- 
dado cometía el mismo delito, y poco después ocurría 
otro caso igual. 

En 1864, el mismo día en que fué ahorcado Muller, 
fué cometido otro asesinato en la misma ciudad de Lon- 
dres y otro en la proximidad, en Hatcham. 

En Massachussets, el 3 de enero de 1845, un individuo 
fué ajusticiado por asesinato y estupro. Pocos días des- 
pués, en los alrededores de la misma prisión donde se ha- 
bía ejecutado la pena capital, se cometía un asesinato y 
un estupro. 

Edwards, en 1864 asistió á una ejecución y seis días 
después asesinó á su amante. 




- 31 - 



realidad, resulta cada vez más ineficaz ese espantajo del 
patíbulo. La9 estadísticas de otros países dan un promedio 
bajísimo de asesinatos castigados. Entre nosotros la falta 
de datos estadísticos no nos permite formar opinión al res- 
pecto, mas es muy sabido que muchos son los casos en 
que los crímenes quedan en profundo misterio y muchos 
también los procesos que no ofrecen base, por falta de 
pruebas, para dar fallo condenatorio. 

Resulta de esto que las probabilidades que cuentan 
los asesinos para obtener la impunidad, fuera de cuanto 
hacen para quedar á 9U juicio garantidos, hacen que el 
temor al patíbulo sea cada vez menor. El patíbulo no 
ejemplariza ni intimida. 

En el congreso jurídico de Gand, según refiere Rebau- 
di, se demostró que sobre doscientos condenados á muer- 
te, ciento ochenta habían presenciado ejecuciones. 

Berenger, por encargo de la academia de Francia, 
hizo una investigación de este mismo género, obteniendo 
como resultado que la mayoría de los condenados á 
muerte habían asistido á ejecuciones capitales. El doctor 
Lifford, jefe de la prisión de Winchester, declaró que de 
cuarenta ajusticiados treinta y ocho habían visto ejecu- 
ciones capitales. 

El capellán Bickersted asegura que los detenidos por 
delitos más graves todos han asistido á ejecuciones. 

El rev. Roberts, capellán de la prisión de Brístol, de- 
claró que 9obre 167 condenados á muerte, á quienes 
acompañó al patíbulo, 161 le confesaron haber presen- 
ciado ejecuciones. 

Sidney Aldennan, en 1848, expresó en la cámara de 
los comunes que el gobernador de Newgate, Cope, en su 
experiencia de quince años no había conocido un solo 
homicida condenado á muerte, que no hubiera visto eje- 
cuciones capitales ! 

Petit, galeote de Brest, había visto guillotinar á un 
compañero suyo por un delito que él mismo, Petit, había 
cometido. Poco después cayó, reo de un nuevo delito, y 
fué ajusticiado. 

Tre9 hermanos, los Graft, fueron ajusticiados por dis- 
tintos delitos.' 

Mullen y Grano, en 1878, en la ciudad de Liverpool, 
fueron declarados culpables do homicidio cometido á 
puntapiés, y ambos habían tenido un hermano ajusti- 
ciado, poco tiempo antes, por homicidio cometido de igual 
manera. 

El asesino Chretien tenía dos hijos: Pedro, muerto en 




- 32 - 



presidio por asesinato, y Tomás padre de tres hijos ajus- 
ticiados por igual delito. 

El mismo autor Rebaudi ciía el caso ocurrido en In- 
glaterra, donde entre los espectadores se oyó la voz de 
la madre del que iba á ser ajusticiado, que le decía : 

— ¡Hijo mío, confío en que habrás de morir tan valero- 
samente como tu padre ! 

Todo esto ¿no revela á las claras que e9 tan ineficaz 
el ejemplo como la intimidación que se pretenden por 
medio de la pena de muerte ? 

Elcy vió ajusticiar á Vary, trepado en un árbol inme- 
diato al patíbulo. Poco tiempo más tarde delinquía y era 
ajusticiado á su vez en el mismo instrumento. Es un ca- 
so muy conocido el de la ejecución de Ruendía en Madrid, 
en cuyo acto se acerca un individuo á un gendarme y le 
pregunta: «Y bien ¿estás contento de ver morir á éste en 
el patíbulo?» y sin esperar la contestación, le plantó el 
pufíal en pleno vientre. 

Parece que en Inglaterra, el que no perece al primer 
golpe en la horca es indultado; y se cuenta el caso de al- 
guien que salvó así la vida y la libertad cayendo de 
nuevo en la misma horca, por un nuevo delito: ¡prueba 
perentoria de su decantada ejemplaridad! Muchos verdu- 
gos también delinquieron y murieron en el patíbulo que 
habían hecho funcionar ellos mismos. 

Por lo demás, en nuestro medio social es donde me- 
nos efecto puede producir la amenaza del patíbulo. 

Para la complexión psíquica de nuestros gauchos, la 
vida no es tan estimable como para los hombres cultos y 
conscientes que son, precisamente, los que estudian estos 
problemas sociales haciendo auto -psicología, en vez de 
observar á los demás, sobre los cuales pretenden actuar. 

Por cualquier cosa pelean y exponen la vida, nuestros 
gauchos. 

He presenciado una reunión en pleno campo en la que 
jugaban con todo entusiasmo á «las sortijas». De pronto, 
dos se traban en discusión, sacan su9 cuchillos, y en se- 
guida sacan sus armas casi todos los concurrentes, bus- 
cando pleito, sin causa alguna. Resurgía á la superficie 
el instinto bélico de los paisanos. 

El desapego á la vida es característico de nuestros 
campesinos. 

Si así, por cualquier futileza la exponen, ¿habrá de 
contenerlos una amenaza como la del fusilamiento? 

El efecto intimidante de la pena de muerte, para los 
asesinos, es más bien una cavilosidad que un hecho. Ellos 




- 38 - 

afrontan la muerte con intrepidez. No ya la amenaza, si- 
no la muerte misma. 

El criminal, por otra parte, confía siempre en la impu- 
nidad. Para eso es que premedita, para 690 es que toma 
las precauciones que considera indispensables. Jamás 
-calcula, seriamente, que va á ser descubierto, y en tal ca- 
jo, que va á ser acusado, condenado y fusilado. Por per- 
verso que fuere — si es consciente, único caso en pie pro- 
cede la pena — se detendría si partiera de la probabilidad 
de ser habido, con patíbulo y sin patíbulo. Si es un in- 
consciente, un enfermo, un impulsivo, un degenerado, na- 
da toma en cuenta y nada lo detiene, una vez que el de- 
lito lo obsede. 

Para los previsores, para los reflexivos, lo mismo inti- 
mida el patíbulo, que un sustitutivo cualquiera; y si aca- 
so no se detienen, es porque cuentan que han tomado 
precauciones tales, que es imposible descubrirlos. 

Es un ca9o típico el de Anastay, que tal vez se decidió á 
asesinar, sólo porque estaba seguro de que tomando tales 
y cuales precauciones, era matemática la impunidad. Algo 
así como un reto á la policía y á la justicia. 

He ahí algo bien instructivo. 

Lo que indudablemente contiene é intimida mucho 
más que la amenaza del último suplicio, es una buena 
organización policial. La presunción de ser habidos y 
convictos detiene cien veces más, que el bárbaro é inicuo 
espantajo de un cadalso. 

Por la dignidad humana, pues, por la dignidad social, 
bien vale contar mejor que con ese resabio, con una orga- 
nización policial modelo, aun cuando tal cosa implique 
algún sacrificio para el Erario. Esto, sin perjuicio de un 
sustitutivo penal que yo acepto de antemano, como quie- 
ra que sea, toda vez que no suponga la violencia, la bar- 
barie, la crueldad, innecesarias, ó tal vez, contraprodu- 
centes. Tal vez y sin tal vez, por entero contraproducen- 
tes. 



Marcha por demás despacio la humanidad en cierto 
orden de asuntos. Los hay tales que, después de miles 
de años, son aun de palpitante actualidad. 

Uno de ellos ©9 la pena de muerte. Esta institución 
hace siglos y siglos que se ha practicado sin éxito, á juz- 
gar por los relatos que se conservan; y todavía se dis- 
cute sobre su eficacia, todavía es un problema. 

Es creencia corriente, sin embargo, que el abolicionis- 
mo es una novedad, sin precedentes, y esto mismo hace 



s 




- 34 - 

que se le mire con recelo, como se mira todo lo descono- 
cido. Ya mucho antes de Jesucristo algunos pueblos ha- 
bían podido vivir sin infligir esta pena. 

En Egipto, según narra Herodoto, (1) el etiope Saba- 
con, que reinó allí por cincuenta años, no aplicó nunca la 
pena de muerte á reos de un delito capital. Graduaba la 
pena por la gravedad del delito y condenaba á los delin- 
cuentes á ejecutar obras públicas y á levantar el terra- 
plén de la ciudad, de donde eran naturales. Con esto el 
reo indemnizaba, en cierto modo, á la comunidad, del 
daño que le infligiera. Cita Strabón á dos pueblos que 
vivían al pie del Cáucaso, los que se hallaban regidos 
por distinta legislación penal. Uno de ellos de cruel pe- 
nalidad, y el otro, donde no se aplicaba la pena capital; 
y hace notar que eran menos frecuentes los delitos en este 
último. En Grecia, antes de Dracón, era menor la crimi- 
nalidad, cuando regía la pena de deportación, según 
Lactancio. Tito Livio expresa que durante los do3 siglos 
de la ley Porcia, que impedía dar muerte á un ciudadano 
romano, fué escasa la alta criminalidad en Roma. 

Viene luego el cristianismo, cuyo espíritu es eminente- 
mente humanitario. 

Según la Biblia, Dios ha dicho: «que Caín no sea 
muerto, mas sí que conserve álos ojos de los hombres un 
signo de reprobación*. Jesucristo, en la montaña, dice: 
«que no quiere la 'muerte del pecador sino su conver- 
sión». Una y otra cosa, como se ve, condenan la institu- 
ción de la pena de muerte. 

Los primeros cristianos do asistían jamás al castigo de 
loa criminales, aun condenados con arreglo á la ley, pues 
se habrían considerado manchados por la vista de la san- 
gre. San Agustín no pide contra los que han muerto y mu- 
tilado más que la prisión, para conducirlos de una ener- 
gía maléfica á algún trabajo útil, y de la vía del crimen 
al arrepentimiento. 

En la edad media, durante el poder temporal del cris- 
tianismo, la Iglesia adoptó este lema: « Eclesia ábhoiret á 
sanguino». Las enseñanzas de Jesús imponen este princi- 
pio á todos los cristianos. 

Pero hay más antecedentes abolicionistas. 

En Inglaterra, Alfredo el Grande y Guillermo el Con- 
quistador dejaron de aplicar 3a pena de muerte en su rei- 
nado, sin exponer, por esto, la paz y la seguridad pú- 
blica. 



(1) Herodoto, 2.° Libro, tomo l.°, pág. 229. 




- 85 - 



La emperatriz Catalina II de Rusia, aleccionada por los 
veinte años del reinado de Isabel, también implantó, co- 
mo ella, la supresión de la pena de muerte, con verdade- 
ro éxito. El gran duque de Toscana, Leopoldo, que fué 
después emperador de Austria, y Carlos Federico, mar- 
grave de Badén y Dourlach, aplicaron la reforma preco- 
nizada por Beccaria y fueron felices con ese régimen. 
Durante el reinado de Leopoldo hubo muy pocos críme- 
nes, poquísimos, y en cambio en Roma, donde se aplica- 
ba á la sazón la pena de muerte, hay quien expresa que 
ee cometieron sesenta asesinatos durante su estadía da 
tres meses en aquella ciudad (1). 

Posteriormente, la idea abolicionista toma un grande im- 
pulso. Desde luego, en la forma de las aboliciones parcia- 
les, es decir, reduciendo los casos de aplicación de la pena 
capital. Yahemos visto lo que ha ocurrido en Francia, 
donde se han reducido á un ocho ó diez por ciento, en 
menos de un siglo, los casos de aplicación, y especial- 
mente las ejecuciones, por razón del aumento de «gra- 
cias* (quince veces menos en unos treinta años). Bajo la 
Restauración, de 1816 á 1880, el promedio de condenas 
era de 258 anuales; de 1872 á 1875, ese promedio alcan- 
za á 16 anuales. Es casi la abolición total para los efec- 
tos de la pena. Una reducción galopante. 

Inglaterra sigue sus huellas, y confrontando el quinque- 
nio de 1855-59 con el de 1875-79 se advierte un descen- 
so elocuente de los delitos sustraídos á la pena capital: 

Delitos 1856-59 1876-79 

‘ con pona de muerte sin pena de muerte 



Robo con fractura (Hou- 



sebreaking) .... 


3.263 


2.263 


Robo con fractura (Bur- 
gltiry) 


2.466 


1.650 


Incendio 


1.013 


537 


Moneda falsa .... 


994 


964 


Robo de ovejas .... 


513 


272 


Idem de caballos . . . 


488 


469 


Idem de bueyes. . . . 


110 


91 




8.848 


6.246 



(1) Una gran parte do estos antecedentes los he toma- 
do de la notable obra de Lucas: Del sistema penal y re - 
presivo , obra coronada en Ginebra y en París, año 1827. 




- 36 - 



Un ligero aumento en la tentativa de homicidios y en 
el rapto siguió, no obstante, paralelo al aumento de po- 
blación; pero se tuvieron asimismo 520 delitos menos 
después de la abolición parcial, respecto de los delitos 
en ella comprendidos. 

En la camarade los comunes se recordaba en 1877 
que en los últimos tres años, en los cuales el robo de ani- 
males era castigado con pena de muerte, hubieron 113 
condenas, mientras que en los tres años sucesivos á la 
abolición fueron 67 y en el último trienio de 1874 á 
1876, á pesar de haberse doblado la población, sólo al- 
canzaron á 05 (1). 

Esta regla puede reputarse más ó menos general, 

Según Mittermayer, uno de los que se convirtieron al 
abolicionismo después de haber profesado ideas contrarias, 
en el gran ducado de Oldemburgo, donde se abolió la pena 
de muerte desde 1849, nadie, ni los magistrados ni los ju- 
ristas desean su restablecimiento. 

El año 1870 en la Dieta federal de Alemania el señor 
Beker, de Oldemburgo, exclamaba: «Nosotros siempre he- 
mos bendecido al cielo por haber suprimido la pena de 
muerte». (2) 

En los estados donde se ha ensayado la abolición to- 
tal ó parcial, si no ha disminuido, no se ha demostrado 
que haya recrudecido la criminalidad: Finlandia, Sajonia, 
Holanda, Austria, Brunswich, Nassau, Anhalt, Wurtem- 
berg, Bernbourg, Bremen, Suiza, etc. En Portugal ha des- 
cendido notablemente la alta criminalidad. 

En Bélgica, un cuadro estadístico del Secretario Supe- 
rior del Ministerio de Justicia, demostraba que en los 17 
años de 1847-63, hubieron 175 condenas capitales y 40 
ejecuciones; en tanto que en los 17 años de 1864-80, su- 
primidas las ejecuciones, sólo hubieron 128 condenas, ad- 
virtiéndose que en este período aumentó de un quinto la 
población. Hay varios años según el cuadro estadístico, 
en que es notable la baja de los asesinatos operada des- 
pués de la abolición. 

El Ministro de Justicia en la sesión del senado belga 
de 15 de marzo de 1886, refiriéndose á la pena de muerte 
declaró que «esa pena, en Bélgica, no se toma en serio ni 
por los jurados, ni por los reos». Saben que no se aplica, 
é hizo además cita cíe estadísticas precisas, deduciendo de 
ellas las consecuencias siguientes: 



(1) Rebaudi. — cPenu di morte», pág. 65. 

(2) Rebaudi. — «Pena di morte», pág. 68. 




— 37 - 



1. ° Que la aplicación ó no aplicación de la pena de 
muerte no ejerce una sensible influencia en el aumento de 
la criminalidad. 

2. ° Que la aplicación de la pena de muerte tiene por 
efecto determinar á los jurados á pronunciar la absolución 
en una enorme proporción ó á admitir muchas atenuacio- 
nes para sustraer á los culpables del patíbulo, (i) 

En 1840 se pronunciaron 24 condenas capitales, en 
1877 sólo 7 á pesar del aumento de población. En 1840 
fueron condenados 139 á trabajos forzados, de los cuales 
54 á perpetuidad, en 1877 sólo 33 y 15 á perpetuidad, 
cuando ya no se aplicaba la pena de muerte. (2) 

Muchos años más tarde el Ministro de Justicia señor Le 
Jeunne, más pesimista, en un discurso decía: «Ha quedado 
comprobado que la grande criminalidad en Bélgica se 
halla estacionaria después de 1831 y que la cesación de 
las ejecuciones capitales no ha determinado absolutamen- 
te su recrudescencia.» (3) Sin embargo, se ha comproba- 
do lo siguiente que es más significativo. De 1841 á 55 
hubo 191 condenas por crímenes capitales y 43 ejecucio- 
nes. De 1876 á 1890, habiéndose doblado la población y 
habiendo cesado Ja aplicación del patíbulo, no se pronun- 
ciaron más que 124 condenas capitales. (4) La misma pu- 
blicación, según nota de la obra de Prins. «Ciencia Pe- 
nal y Derecho Positivo», agrega: En Francia, donde la 
población tiende á decrecer y donde la guillotina no ceja, 
i a cifra de homicidios aumenta: 

1889 372 1893 429 

1890 420 1894 441 

En el ducado de Weymar se abolió la pena capital 
en 1849. La Dieta la restableció en 1856. En 1862 el 
diputado Fríes propuso de nuevo la abolición, demostran- 
do que desde 1850 al 57, es decir, en un período durante 
el cual la pena de muerte fué suprimida, sólo se come- 
tieron dos asesinatos, mientras que después de restable- 
cida, el número de crímenes ha decuplicado. Ante tal ar- 
gumento, la pena de muerte fué otra vez abolida. 

(1) «La Independencia Belga», 17 de marzo de 1886. 

(2) Benévolo , «La pena», pág. 212. 

(3) «Anales parlamentarios» del 3 de mayo de 1893, 
pág. 1350. 

(4) Adolfo Brancart «Boletín de la Unión Internacio- 
nal de Derecho Penal», VII, libro l.°, pág. 45. 




- 88 - 

De las nueve provincias que forman el reino de Bélgi- 
ca, tres— Lieja, Edimburgo y Luxemburgo— abolieron la 
pena capital; la primera en 1825 y las otras en 1830. 

En Holanda la última pena dejó de aplicarse desde 
1860 y se abolió en 1870 legislativamente. 

El profesor Modderrnann, Ministro de Justicia, presentó 
á la cámara de Jos estados generales en la sesión de 26 
de octubre de 1880 este cuadro: 



De 1861 á 69 inclusive, condenas capitales ... 78 

De 1870 á 79, condenas que antes eran de muerte . 47 

Disminución 81 



Y agregaba: «Este resultado desconcierta á los que 
habían profetizado que la abolición habría tenido un au- 
mento de alta criminalidad.» (Relación parlamentaria 
de 1880). 

En Italia, en 1865, la cámara de diputados se pronun- 
ció contra la pena de muerte por 150 votos contra 91, 
pero el senado negó su sanción á la reforma. Igual hecho 
ocurrió en Suecia en 1867. 

Sin embargo, en Italia la pena de muerte fué supri- 
mida de hecho desde 1876 y posteriormente en 1889 se 
abolió por la ley. 

Ya la Toscana venía haciendo ensayos felices desde 
fines del siglo XVIII. Con todo, la idiosincracia de ese 
gran ducado no es de la má9 dulces, y sobre todo la po- 
blación de Lucea. 

Benévolo, al hablar de los efectos producidos en Italia 
por la abolición, dice: «La pena de muerte se ha suprimi- 
do. Ya había sido abolida de hecho desde 1870, y de este 
modo la experiencia había podido demostrar que aún sin 
ella se podía mantener la seguridad pública y proveer 
eficazmente á la tutela de loe derechos. De los documen- 
tos estadísticos resulta, como lo hace observar la comisión 
del senado en su informe, que de los delitos denunciado» 
al ministerio público, los homicidios calificados desde 1879 
al 86 representan una progresiva disminución, cuando se 
advierte que sumaron en: 



1879 1,861 

1880 1,671 

1881 1,523 

1882 1,592 

1883 1,444 

1884 1,475 

1885 1,401 

1886 1,302 




- 39 - 



«Los salteamientos, rescates y extorsiones en que inter- 
viene homicidio, también representan una disminución 
progresiva, pues son en: 



1879 .... 


255 


1880 .... 


196 


1881 .... 


183 


1882 .... 


131 


1883 .... 


113 


1885 .... 


134 


1886 .... 


121 



«Agréguese á esto que si se observan las causas juz- 
gadas en la Corte de Aisises, relativas á homicidios cali- 
ficados, encontramos que el total de dichos homicidios 
nos da en 



1880 948 

1881 852 

1882 801 

1888 816 

1884 690 

1885 791 

1886 796 

«Respecto de los robos en: 

1880 148 

1881 168 

1882 119 

1883 130 

1884 80 

1885 91 

1886 80» (1) 



Es cierto que las cifras estadísticas, como lo dijo oom 
ironía de Holtzendorff, semejan á la escritura de las 
lenguas semíticas. Deben suplirse las vocales, según lo 
anota Tarde; pero no es menos exacto que los apologis- 
tas de la pena de muerte, que tienen en usp desde miles 
de afíos á la fecha ese eficaz remedio, con tantos y tan va- 
riados experimentos practicados, aún no han conseguido 
formular una estadística con. . . vocales! Los estados que 



(1) Federico Benévolo, «La pena en su desarrollo his- 
tórico y racional», 1894, página 311. 




- 40 - 



han practicado la abolición, en su casi totalidad, en cam- 
bio, no han vuelto al viejo régimen, y algunos que habían 
reaccionado han optado después, definitivamente, por su- 
primir la pena capital. ¡No se dirá que es este un acto de 
capricho, de amor propio! 

No, es que las oscilaciones de la criminalidad no pue- 
den ponerse en la cuenta del patíbulo. Este no ejerce 
acción eficiente sobre el crimen, es ineficaz; y entonces 
se opta y se debe optar más bien por no deprimir á la so- 
ciedad con un acto de sangre y de violencia, que rebaja 
el concepto de una entidad cuya reputación hay verda- 
dero interés en colocar bien alto. Con los cuerpos de Jos 
ajusticiados: decapitados, quemados, estrangulados, mu- 
tilados, descuartizados á nombre de la justicia, habría cómo 
hacer un osario formidable; amontonados, habría con qué 
hacer una montaña, tal vez la más alta del planeta; y uno 
se dice: toda9 esas energías humanas aniquiladas ¿si se 
hubieran aplicado útilmente no habrían indemnizado una 
buena parte de los perjuicios que infirieron á la sociedad? 
No en balde fueron las horcas el emblema de la justicia, 
como se ha dicho con toda verdad. 

G. Tarde contesta las estadísticas con recursos de in- 
genio, y á pesar de su poderoso talento no llega á pre- 
sentar una sola demostración concluyente; no logra pro- 
bar que esas matanzas hayan producido más beneficios 
que males á la humanidad. 

El eminente norteamericano Edward Livingston al 
acompañar el proyecto de código penal de la f uisiana, 
donde estudió concienzuda y desapasionadamente la ar- 
dua cuestión del patíbulo, se inclina á favor de la aboli- 
ción, y dirigiéndose á sus adversarios, les dice: 

«Vuestra pena favorita, la muerte, ha pasado por una 
prueba larga, frecuente y ya completa. Vosotros mismos 
decís que todas las naciones la han puesto en práctica- 
desde el origen de la sociedad, y sin éxito, estáis obliga» 
dos á confesarlo. ¿Qué pedimos nosotros?: que abandonéiü 
un momento la experiencia seguida imperturbablement- 
por cinco ó seis mil años, la que habéis modificado de to 
das maneras y en toda9 las formas que ha podido inven- 
tar el genio de la crueldad, en todas las épocas, bajo to- 
dos los gobiernos y que siempre ha fallado á su propósito. 
Vosotros habéis hecho vuestro experimento, el que ha re- 
sultado á veces fatal á la inocencia, no rara vez favorable 
á los delincuentes, siempre impotente para contener el 
delito.» 

El ilustre miembro del consejo soberano de Ginebra, Mr. 




- 41 — 



Sellon, al proponer á su vez la abolición reprodujo el in- 
forme presentado por Livingston á la asamblea general 
de la Luisiana, como el mejor medio de demostrar su con- 
veniencia. (1) 

Sobre los estados norteamericanos que abolieron la 
pena de muerte, Rebaudi ha recopilado las siguientes no- 
ticias: 

«La pena de muerte fué abolida en Luisiana y en Pen- 
silvania y según el testimonio de Livingston y de Brad- 
ford, el número de crímenes capitales no ha aumentado.» 

Respecto de Rhode-Island el secretario del estado es- 
cribía en 1857 que, después de la abolición, habían ocu- 
rrido 28 condonas por asesinato, pero tomando la cifra 
de condenas pronunciadas bajo el régimen de la pena de 
muerte y habida consideración al aumento de población, 
éstas deberían de haber llegado á 37, es decir que hubo 
disminución de 9. 

En 1864 el gobernador de Rhode-Island escribía á John 
Bright, respecto de la pena de muerte, abolida en ese es- 
tado desde 1852: 

«Estoy convencido de que la opinión pública es favo- 
rable á la legislación actual y así continuará hasta que 
no se pruebe que los crímenes han aumentado.» 

En el estado de Connecticut, donde existe la pena de 
muerte, en proporción de la población con el de Rhode- 
Island y en igual espacio de tiempo, del 1866 al 75, re- 
sulta que Connecticut tiene un 62 °/ 0 de homicidios má9 
que Rhode Island. 

Tarde, que acusa á sus adversarios de no aceptar más 
cifras que las favorables á su tesis, al considerar el caso 
de Rhode-Island, probablemente no ha tomado en cuenta 
la diferencia de población, que es imprescindible para 
apreciar estos resultados. 

Los estados de Micbigán, Wisconsin, Maine y Iowa 
también se muestran satisfechos del régimen abolicionista, 
que no ha disminuido la seguridad de la vida de los ciu- 
dadanos, en tanto que un senador hablando de Iowa, en 
la legislatura, declara que el homicidio ha disminuido, 
después de la abolición. Antes era de 1 por cada 800, OuO 
habitantes y después bajó á 1 por cada 1:200,000. Ocurre 
indagar ahora si en vez de un freno para reprimir el crimen, 
no será más bien un estímulo el patíbulo, para azuzarlo. 



(1) Edward Livingston, «Legislación Criminal para el 
Estado de Luisiana», página 343, tomo l.°. 




— 42 — 



Los criminóJogos han dividido la Europa en tres zonas 
de diversa delincuencia de sangre, considerando el máxi- 
mum, el medio y el mínimum que producen de ordinario. 
Estas diferencias se han atribuido principalmente á tres 
sausas: el clima, la civilización y la raza. 

Parece averiguado que los mediterráneos producen ma- 
yor número de delitos de sangre; la raza celta es la menos 
propensa á ese delito; la mayor cultura sustituye los deli- 
tos á base de sangre por los delitos á base de fraude. El 
clima también actúa sensiblemente. 

Se han clasificado así los estados: 

De máxima 



Italia. . . 


. 96.9 


Rumania . 


. 40.4 


España . . 


. 76.7 


Austria . . 


. 24.4 


Hungría . 


. 75.4 


Portugal. . 


. 23.8 




De media 




Suiza . . . 


. 16.4 


Bélgica . . 


. 14.4 


Francia . . 


. 15.7 


Suecia . . 


. 12.9 


Rusia . . 


. 15.2 


Dinamarca. 


. 12.4 




De mínima 




[rían da . . 


. 10.8 


Inglaterra . 


. 5.6 



Alemania . . 10.7 Escocia. . . 5.0 (1) 

Holanda . . 5.6 

Pues bien: en estados de las tres categorías se ha en- 
sayado y se practica la abolición, sin inconvenientes, 
cuando no con ventajas. Del primer grupo: Italia, Ru- 
mania y Portugal; del segundo grupo: Suiza y Bélgica; 
del tercer grupo: Alemania y Holanda. 

¿No es esto un nuevo argumento que demuestra, cuan- 
do menos, la inocuidad del patíbulo para modificar la de- 
lincuencia de sangre? Estados de muy distinta complexión, 
de diversa cultura, de diverso clima, de distinta raza pue- 
den practicar la abolición sin disminuir la seguridad de 
la vida de los habitantes; ¿no es esto una demostración 
concluyente respecto de que nada hace á la delincuencia 
el espantajo del patíbulo? 

Admito que la falta de «vocales* en la estadística haga 
dudosa la disminución que pregonan los abolicionistas; 
mas ningún partidario del suplicio capital ha probado 

(1) Nicéforo, «homicidio in Europa». 




- 43 - 



aúji que la supresión de esa supuesta valla aumentó la alta, 
ni la baja criminalidad. Nadie se considerará menos se- 
guro en Holanda que en Inglaterra, en Italia que en Es- 
paña. 

En nuestro país, donde la estadística criminal es algo 
más indescifrable que la escritura semítica, pues en ella 
faltan las vocales y las consonantes, sólo podemos afir- 
mar que son frecuentes los delitos de lesiones corporales, 
los homicidios en pelea, etc.; pero nadie se atreverá á afir- 
mar que estos delitos pueden modificarse por medio de 
fusilamientos más ó menos repetidos. En verdad es cen- 
surable que no haya preocupado aún la atención pública 
una repartición como es la de estadística criminal. 

Como lo hace notar Livingston, (1) si acaso fuera ejem- 
plar la pena de muerte, una vez que se repite, el pueblo 
se familiariza con ella y sirve más bien para satisfacer 
el gusto feroz de los insensibles, y agrega: «Sería de una 
gran utilidad, en legislación, averiguar el verdadero origen 
de esta atroz pasión de contemplar la9 agonías humanas 
y de complacerse con la destrucción de sus semejantes. 
No hay nación con este gusto monstruoso, que no haya 
deshonrado á la Historia». 

De donde ee infiere que este curioso específico para 
reprimir y prevenir la delincuencia á título de ejemplar y 
temible, si se repite con frecuencia no ejemplariza, y si se 
usa de tarde en tarde, no intimida. ¡Extraña peculiaridad 
la de esta malaquita primitiva que aún seduce! 

En nuestro país, felizmente, son muy escasas las eje- 
cuciones. Pueden calcularse en una anual. 

El efecto intimídame de este suplicio, pues, resulta por 
demás efímero, si acaso pudiera acordársele dicha cuali- 
dad. Nos hallamos, en consecuencia, á un paso de la abo- 
lición, si no preferimos volver á galvanizar el patíbulo, 
casi paralítico, por medio do la electricidad. 

Ocurre entre nosotros lo que ya se ha dicho de otros 
países que aplican con sobriedad ese procedimiento el imi- 
natorio. Confiados en la eficacia del espantapájaros, que 
no funciona sino á largas intermitencias, descuidamos 
cárceles y presidios, así como los demás elementos de 
prevención y de defensa social. 

¡Cuánto mejor fuera ocuparnos de estudiar nuestros 
problemas penales seria y científicamente, prescindiendo 
de este resabio! 

¡Cuántas víctimas podríamos tal vez sustraer así al pu- 
ñal homicida! 



(1) Obra citada, página 68, tomo I. 




- 44 - 

Para detener los homicidios no basta el patíbulo. 

En Brescia, sólo en el afío 1600 ocurrieron 2,000 borní* 
cidios en pelea. ¡Y entonces funcionaba eso instrumento! 

En Venecia, á pesar del extremo rigor de lo penalidad 
en tiempos de la República, había unos 700 ú 800 asesi- 
natos anuales, todo lo que, aproximadamente, apenas ocu- 
rre en todo el reino, después de suprimida la pon a capital. 

En Zurioh, en el siglo XV, fueron ajusticiados 1,138, 
el XVI, 572, el XVII, 836, el XVIII, .149, y en el quin- 
quenio de 1861-68 sólo se dictaron 4- sentencias capitales, 
es decir, á razón de 80 por siglo. Cede el patíbulo y cede 
la criminalidad. La civilización influye, á n<> dudarlo, mas 
debiera antes civilizar á la pena, que al asesino. 

En Baviera, en el distrito de Burgliauson, de 200,000 
habitantes, de 1748 a 76 se ajusticiaron 1,100 personas. 
Un solo verdugo cortó 1,600 cabezas (1). Hoy so han re- 
ducido á cifras mínimas las ejecuciones. 

Para que el remedio tenga algún efecto os menester vol- 
ver hacia atrás, imitando á Enrique VIII que hizo colgar 
á 72,000, ó como la reina Isabel que ajustició á cerca de 
90,000 súbditos. De otro modo, la intimidación es una 
quimera. 

Mas, Víctor Hugo ha dicho: «En todas partes donde la 
pena de muerte se prodiga, domina la barbarie; en todas 
partes donde la pena de muerte se limita, reina la civiliza- 
ción». Y pudo ser aún más radical. 

Se hace argumento de que en nuestro país abundan los 
delitos de sangre; mas no se advierte que es una muy 
ínfima parte de ellos la que puede caer bajo ol castigo ca- 
pital y que, en consecuencia, esa modalidad do nuestra 
delincuencia no puede modificarse con los fusilamientos, 
aun cuando tuvieran alguna eticada para detener el delito, 
que no la tienen. Es más fácil esperar que sea contrapro- 
ducente este remedio. 

Julio Simón dice «que en materia de crímenes atroces, 
hay en el patíbulo una especie de provocación; ¿tío sabéis 
que en los presidios se enorgullecen de haber estado cerca 
de las cuatro gradas á cuyo extremo se encuentra la eter- 
nidad? 

«Que el patíbulo estimula el crimen, se puede presumir 
viendo al populacho amoratado que va á este espectáculo 
como á una bacanal. ¿Queréis ejemplos? En 1864, un in- 
glés asistió á una ejecución; seis días después daba muerte 
á su amante. El mismo día en que Franz Muiler fué abor- 



(1) Rebaudi, obra citada, pág. 61. 




— 45 - 



cado, un asesinato se perpetraba al lado del patíbulo. En 
Stokolrao, un obrero asesinó á su camarada, á su regreso 
de una ejecución que había presenciado. En 1844, en 
Epinal, dos ejecuciones tuvieron lugar; pocos días después, 
se cometió un envenenamiento. Mombe, matador de una 
mujer y de un niño, fué ejecutado el 5 de agosto de 1869, 
seis días después, Troppman comete la serie de sus crí- 
menes. 

«El espectáculo de la pena de muerte produce efectos 
desastrosos, por lo que en muchos países han debido re- 
nunciar al escándalo de las ejecuciones capitales públicas.» 

Los efectos de la abolición deben juzgarse para cada 
país como los efectos del patíbulo. En este sentido, nada 
importa que haya mayor ó menor criminalidad. Si no es 
eficaz el remedio, ¿qué nos importa aplicarlo ó no? En to- 
das partes resultará inocuo. 

Creo firmemente que este país es el que menos debe es- 
perar del patíbulo, por las especiales peculiaridades del 
carácter general de la población, pero nada se puede opo- 
ner seriamente, en todo caso, á ensayar la supresión, por 
un tiempo prudencial. 

Para terminar: 

Hay algo más aún, señores, que condena la última 
pena. 

No os hablaré de la indivisibilidad de esa pena, que no 
permite graduar su dureza, según la perversidad mayor ó 
menor del delincuente, aun cuando haya abismos, entre 
uno y otro, de los que caen bajo la misma férula. Entre 
Troppman, verbigracia, y la mayoría de los criminales 
decapitados en Francia, por igual procedimiento, con igual 
tortura, hay una gran diferencia de culpa. 

Me ocuparé sí, — brevemente, porque va siendo ya muy 
extensa esta monótona disertación, — y no es el caso por 
desgracia, de decir que no tuve tiempo para escribir corto, 
me ocuparé, digo, de la irreparabilidad de la pena; defec- 
to tan capital como irremediable. 

Es corriente pensar que los errores judiciales, en mate- 
ria criminal, pueden contarse con los dedos de una sola 
mano, siendo así que espanta conocerlos, y abruma el 
pensar que muchos se han consumado ó se consuman, 
sin poder patentizarlos. 

Un despacho telegráfico de Roma, del 8 de septiembre 
último, decía: «Por gracia del rey Víctor Manuel III, 
fué restituirla boy la libertad, en los presidios de Prócida 
y Ancona, á los hermanos Vicente y Rosauro Drago, 




-46 — 



víctimas de un terrible error judicial. Ambos, conjunta- 
mente con otros dos de sus hermanos, Agustín y Antonio, 
fueron condenados bajo la acusación do haber asesinado 
á un tal Casimo di Marco, de Alia. Agustín, el menor 
de todos ellos, sobre quien pesaba la mayor acusación, fué 
ajusticiado el 24 de mayo de 1874, proclamando hasta el 
último instante su absoluta inocencia, y Antonio moría 
pocos meses después de haber empozado á cumplir la sen- 
tencia, que lo había condenado á prisión perpetua. El 
proceso de los cuatro infelices hermanos fué desastroso, 
haciendo deposiciones falsas contra ellos, los testigos que 
figuraron en la causa. Ahora, después de 30 aííos, se ha 
venido á comprobar la inocencia de osos cuatro infelices, 
pues los verdaderos culpables, amparados por la prescrip- 
ción, confesaron su crimen. Comprobado o) terrible error 
judicial y no pudiéndose anular el fallo dictado por la 
justicia, únicamente estaba en el rey el derecho de resti- 
tuir la libertad á los dos penados, sobrevivientes al la- 
mentable error, y es lo que Víctor Manuel III ha hecho. 
La madre de los Drago falleció de pena al poco tiempo 
de haber sido condenados sus cuat ro desgraciado < hijos. > 

Demasiado á menudo se nos da cuenta do nuevos erro- 
res comprobados. Todos son de igual modo impresionan- 
tes, todos de lesa humanidad y de corte trágico, acerada- 
mente trágico. 

Manuel Denfcaro, á quien se le conmutó la pena capital, 
por gracia de su majestad, pudo probar su inocencia des- 
pués de 20 años de la vida de ergástula!. . . 

Leí, no hace mucho tiempo, otro caso lacerante. Era 
un penado cuyos sufrimientos morales, durante su condo- 
na injusta, lo habían idiotizado. Al salir en libertad — pro- 
bada su inocencia — volvió á su pueblo natal al seno de 
su familia, donde no halló más la manera de hacer vibrar 
las mismas afecciones intensas que lo habían hecho tan 
infeliz en el presidio. 

Me explico la soltura de estadistas con que algunos 
dicen: «¿Y qué puede hacérsele? Ron efectos necesarios 
de la falibilidad humana.» — Digo que me la explico, por- 
que conozco el abismo que media entre un mal ajeno y 
un mal propio. Con los ajen oh todos somos estoicos. 

Mas el que pueda interpretar el mundo de los dolores 
producidos por los desgraciadísimos yerros judiciales, que 
se hallan á granel en los tomos de Kebuudi, ljnllit*r y 
Vonoven, Giuriati y otros, tomos que van engrosando suh 
páginas de año en año, por lo menos se darán cuenta de 
que es ésta, tal vez, la forma niáB aguda du la adversidad. 




- 47 - 

Para un hombre de bien, para un inocente, es incomen - 
surable tal dolor. 

Puede juzgarse de esto sin caer en sensiblerías, á con- 
dición de no ser insensibles como una peña. 

En nuestro país, creemos buenamente estar libres de 
semejantes yerros. Tenemos, entre otras peculiaridades 
originalísimas, la vanidad de ser infalibles. 

No ha muchos años, sin embargo, un ratero, un tal 
Cándido Lucadamo, pocos días después de haber salido 
de la Cárcel Correccional, donde cumplía una pequeña 
condena, se trasladó á Buenos Aires. 

La noche anterior á la de su embarque había ocurrido 
un homicidio, en una de las calles apartadas de la nueva 
ciudad. No hallándose ninguna pista, la policía dió en sos- 
pechar á Lucadamo como autor de esa muerte; pero era 
imposible avanzar nada sin que volviera al país. Para ha- 
cer factible la extradición, la policía hizo declarar á dos 
sujetos como testigos presenciales del suceso. El infeliz fuá 
extraditado, enjuiciado y penado á quince afíos de peni- 
tenciaría. Poco después falleció. 

Falleció precisamente en instantes en que varias per- 
sonas, en antecedentes del hecho, hasta por indicaciones 
é informes de la misma policía que había motivado el 
error, nos aprestábamos para buscar un remedio á tai in- 
justicia. 

La policía había hallado al homicida, al verdadero cul- 
pable, y no podía siquiera, ni pudo naturalmente, presen- 
tarlo á la autoridad judicial. 

Basta pensar en lo fácil que es equivocarse de buena 
fe, en la plena inteligencia de que palpamos la verdad 
misma, de que hay pruebas claras corno la luz del día, 
para temer el error. Para afrontar la irreparabilidad de 
esa pena, es menester admitir previamente la infalibilidad 
de los jueces. 

Sin embargo, dos testigos contestes hacen plena luz 
sobre un proceso. Un solo testigo hábil, con indicios que 
nunca faltan, decide de un proceso. De un objeto hallado 
en el lugar del delito, nadie sospecha siquiera que se ha 
dejado allí por otro, que no sea el supuesto delincuente; 
y si la pasión publica se excita como ocurre en los más 
graves crímenes, entonces todo es posible. La ofuscación 
ciega todos los ánimos. 

Por eso es peligroso abreviar las causas graves; poroso 
es peligroso usar de penas irreparables. 

Felizmente entre nosotros no se halla sino muy rara- 
mente el tipo clásico del criminal, perverso y . frío. De los 




varios delincuentes que debieron ser fusilados con arre- 
glo á la ley y que escaparon por alguna razón accidental, 
no puede decirse que sean una amenaza, aún cuando no 
hacen vida de presidio y se hallan armados y reunidos 
en los talleres de la Cárcel Penitenciaría. 

Nuestros talleres contienen noventa ó cien penados y 
están vigilados por un solo hombre inerme. 

Algunos de los grandes criminales, como Cussareto — 
penado número 1 — que por faltarle algunos meses para 
alcanzarla edad que requiero la ley, no fuó fusilado, ha- 
ce veinte y pico de aílos que lleva su condona, sumiso á 
la disciplina; trabaja en el taller de herrería y guarda 
afección á su familia, á la que le pasa sus ínfimos aho- 
rros. Así hay muchos; y si se construyera un presidio 
apropiado, es evidente que la seguridad de las cárceles 
podría hacerse matemática, á la vez quo se habrían con- 
sultado las exigencia de la humanidad sin comprometer 
por eso la seguridad de los habitantes del país. 

Habríamos puesto una valla á todo error capital. 

Bastaría el argumento do la irrcparabiliilad , pues, para 
rechazar la institución del patíbulo. Si es cruel aplicar 
tan extremo suplicio á un delincuente, es inexcusable por 
demás, aplicarlo á inocentes. Ks algo que sobrepasa en 
crueldad á cualquier acto do barbarie, á cualquiera injus- 
ticia salvaje, aplicar á un inocente ln muerto on forma de 
pena máxima infamante. 

La opinión pública ya so ha manifestado abolicionista. 
Muchos de nuestros pensadores, así como la prensa, en 
una gran mayoría, han reconocido que no es necesario 
mantener ese resabio; un diario transcribió no ha mucho 
un hermoso artículo dol distinguido publicista don Agus- 
tín de Vedia. También se (lió la noticia de quo el Poder 
Ejecutivo elevaría un mensaje al Legislativo, incluyendo 
un proyecto do abolición de la pena capital. Debernos es- 
perar pues, que, en breve, nuestro país so hallo también 
en el número de los que tributan respeto más acentuado á 
la humanidad y á la justicia. Eso abonará nuestra cultura. 

Afortunadamente, nuestro primer magistrado antes quo 
Presidente, fué un animoso y valiente luchador, empella- 
do en las más nobles causas por que puedo bregarse en 
un país como el nuestro. 

Como periodista, escribió vigorosos artículos contra la 
pena de muerte; y con toda franqueza confesó á sus ad- 
versarios, haberlo faltado siempre el valor requerido para 
presenciar una ejecución. Al hablar do la evolución de la 
pena de muerte, decía: 




- 49 - 

«Del circo romano, las ejecuciones han pasado á la pla- 
za pública y de la plaza pública á los patios de la3 cár- 
celes, donde cada día se les rodea de mayor misterio. Es 
que la pena de muerte se avergüenza de sí misma. Es que 
empieza á mirarse como corruptora y desmoralizadora. 
Pero una institución de esa naturaleza que se atribuye 
una gran ejemplaridad y que no osa ya funcionar á la 
luz pública, se condena á sí misma y atrae sobre su ca- 
beza la propia pena que ella impone — única ejecución que 
miraríamos con placer y consideraríamos como moraliza* 
dora». 

Señoras: 

La mujer no puede manifestarse indiferente á toda obra 
debumanidad como es la supresión de la pena capital. Era, 
pues, mi intención ofrecer esta conferencia á vosotras, mis 
compatriotas, que con vuestras virtudes y encantos ha- 
céis inimitable el hogar uruguayo; á vosotras que halláis 
estímulos para promover ó secundar toda obra elevada 
de caridad, de beneficencia. 

La índole del tema y mi natural rudeza que no me per- 
mite desarrollarlo en forma digna de la noble faz feme- 
nina, me hicieron dudar de la corrección de mi propósito. 
Si la aceptarais á pesar de esto, me hallaría doblemente 
honrado y complacido; más de todos modos permitidme 
contar con vuestra benevolencia proverbial, y aún con 
vuestro concurso de prestigios y simpatías en favor de la 
obra que patrocino, entre otros muchos. Que pueda el lau- 
rel abolicionista coronaros con los demás que os hermo- 
sean y os enaltecen. 



He dicho.